«El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo», decía Octavio Paz. Desde niña, crecí viendo películas de princesas y comedias románticas. Para mi madre, esos filmes eran un reflejo de la vida real. “Hija, pon una de esas pelis que vemos siempre. De las repetidas”, me decía con nostalgia.
Recuerdo a Matthew McConaughey andando en moto, enamorándose con un chispazo que no cualquiera provoca. Ella, con un vestido amarillo que la hacía especial, porque el rojo claramente ya había pasado de moda. Esos romances parecían sencillos, perfectos… pero la vida real no siempre lo es.
Hoy, el amor no son rosas ni tulipanes. Aunque muchos cuestionan el concepto del amor romántico, sigue estando presente en nuestra esencia. Quitarlo sería como arrancar las hadas de los cuentos: perderíamos su magia.
El afecto puede reflejar la vida más plena, pero también puede causar daño si se entiende de forma equivocada. En la actualidad, “amor” no siempre significa “relación”. Funciona como los matrimonios de antaño: a veces separados del enamoramiento, pero siempre ligados al compromiso. Ahora, comprometerse parece un acto raro, casi heroico.
Vivimos en la era de la mercantilización de los sentimientos. Podemos estar con alguien por atracción, deseo, amistad, interés… o incluso obsesión. Esta última es la más peligrosa. Mi mayor miedo es depender de alguien, amar más de lo que me amo a mí misma.
Quienes se enamoran de la persona más que de la etiqueta, quienes llevan la palabra “lucha” tatuada en el corazón… son frágiles y fuertes al mismo tiempo. Temen no solo al rechazo, sino también a recibir cariño genuino.
Para mí existen dos formas de amar: la primera, serena, que nos hace crecer; la segunda, intensa, que nos revuelve el estómago y nos absorbe hasta el límite. Este amor no solo provoca mariposas, sino que puede poner nuestra vida patas arriba. Y nadie nos prepara para ello más que las canciones, como la reciente Manchild de Sabrina Carpenter.
A veces no lo vemos. Estamos embobados, extasiados. Las faltas de la persona amada se desvanecen frente a lo bueno y así nos atrapa. Como decía Molière: “Un amante apasionado ama hasta los defectos de la persona a quien ama.”
Amar es un riesgo, pero también es aprender, crecer y descubrir qué clase de afecto nos hace verdaderamente felices.









