«Antes para mí no era una enfermedad, para mí era una vergüenza«. Así resume Juan Carlos Rico uno de los principales obstáculos que encontró durante su proceso de adicción: el estigma.
En una entrevista difundida por Esvidas, Rico explica que durante mucho tiempo no se reconoció como una persona con una enfermedad porque la imagen que tenía de un adicto no se parecía a la suya. «El conocimiento que yo tenía era que quien tenía problemas de droga era un drogadicto que estaba tirado por la calle. Yo no estaba tirado por la calle».
Esa idea hizo que interpretara su situación como un fracaso personal y no como un problema de salud susceptible de tratamiento.
La vergüenza como barrera
Rico reconoce que la vergüenza fue uno de los factores que más retrasó su recuperación. «Yo tenía vergüenza. Y eso me provocaba seguir consumiendo más y no pedir ayuda».
Según explica, durante años construyó una vida basada en aparentar que todo estaba bajo control ante su familia, su pareja, sus amigos y su entorno laboral, mientras el consumo iba ocupando cada vez más espacio en su vida.
Ese esfuerzo por mantener una imagen de normalidad, señala, terminó convirtiéndose en un obstáculo para reconocer la enfermedad y acceder a tratamiento.
La adicción empieza antes de la sustancia
Uno de los aspectos que más destaca en su relato es que sitúa el origen de la adicción mucho antes del primer consumo. «Soy una persona con conductas adictivas muy arraigadas desde muy pequeñito. Lo que conozco tarde es la sustancia».
Describe una infancia y adolescencia marcadas por la impulsividad, la baja tolerancia a la frustración y la necesidad constante de obtener recompensas inmediatas.
Cuando comenzaron los consumos, explica, ya existían patrones de comportamiento que hoy identifica como propios de una personalidad adictiva.
Con el tiempo, comprendió que no consumía para sentirse mejor. «Pensaba que consumía para estar bien, pero me di cuenta muy pronto de que consumía para no estar mal».
El momento de pedir ayuda
La decisión de iniciar un tratamiento tampoco fue inmediata.
Rico recuerda que durante mucho tiempo fue plenamente consciente de que necesitaba ayuda, pero seguía sin ser capaz de pedirla. «Llega un día en que ya sé que necesito ayuda, pero me da mucha vergüenza pedirla».
El punto de inflexión llegó cuando el agotamiento superó al miedo. «Yo estaba cansado de estar cansado».
Ingresó en un centro de recuperación con la sensación de haber perdido el control de su vida y sin la certeza de que pudiera cambiar.
Recuerda que el primer cambio fue tan sencillo como poder descansar después de mucho tiempo viviendo condicionado por el consumo.
Ayudar desde la experiencia
Tras completar su recuperación, Juan Carlos Rico decidió orientar su carrera profesional al acompañamiento de otras personas con problemas de adicción.
Actualmente dirige el centro Esvidas Don Benito, donde trabaja con pacientes que atraviesan situaciones similares a las que él vivió. «Lo que más me gusta de mi trabajo es recibir a una persona totalmente en negación, sin ganas de vivir, y que a los dos días la veas haciendo las cosas del día a día y reírse».
Para Rico, romper el estigma sigue siendo una de las claves para facilitar que más personas accedan a tratamiento. «Rompamos con esa vergüenza de ‘yo he tocado las drogas, yo he tocado el juego’, porque es una enfermedad y una enfermedad que tiene tratamiento».
Considera que entender la adicción como una enfermedad no elimina la responsabilidad del paciente en su recuperación, pero sí permite sustituir el juicio moral por un enfoque sanitario que facilite pedir ayuda antes.









