En el artículo anterior descubrimos una idea tan sencilla como incómoda: el mapa no es el territorio. Nuestras explicaciones nunca son la realidad; sólo son la manera que tenemos de comprenderla.
Aquella reflexión dejaba una pregunta abierta. Si todos dibujamos mapas para orientarnos en la vida, ¿qué responsabilidades tiene un buen cartógrafo?
Porque los mapas nacen para orientarnos y muchos terminan convirtiéndose en murallas.
Ningún mapa será perfecto. Todos simplifican, omiten detalles y envejecen. Un puente desaparece, un sendero deja de existir o un río cambia de curso. Equivocarse no convierte a nadie en un mal cartógrafo. La diferencia aparece cuando el territorio cambia y nosotros seguimos defendiendo el mismo mapa. La calidad de un cartógrafo no se demuestra cuando dibuja un mapa, sino cuando encuentra un error y decide seguir observando.
Hasta ahora hemos hablado del cartógrafo. Pero un mapa nunca termina en quien lo dibuja. Su razón de ser es acompañar al caminante.
Lo que llamamos «mapa» no es otra cosa que nuestra forma de entender el territorio. Lo necesitamos para decidir, interpretar y avanzar. Sin él quedaríamos paralizados. El problema, por tanto, no es tener mapas, sino olvidar que sólo son mapas.
Lo vemos continuamente. Seguimos tratando a algunas personas como eran hace años. Continuamos definiéndonos por antiguos fracasos. Discutimos con imágenes que sólo existen en nuestra memoria. Esperamos de alguien respuestas que pertenecen a otra etapa de su vida o incluso de la nuestra. El territorio cambia mientras nosotros seguimos utilizando el mismo mapa, y el verdadero problema no aparece cuando ese mapa se equivoca, sino cuando deja de dibujarse.
Quizá por eso la frase completa de Ortega y Gasset adquiere aquí un significado especial:
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»
No observamos desde ninguna parte. Vivimos dentro de una circunstancia que cambia constantemente y, si nuestros mapas dejan de cambiar con ella, terminan dejando de ayudarnos a comprenderla. Hay una parte de nosotros que dibuja mapas y otra que los necesita para caminar. Y es el propio camino quien acaba invitando al cartógrafo a volver a sacar el lápiz.
Ahí empieza la verdadera responsabilidad del cartógrafo. No cuando termina un mapa, sino cuando debe decidir si seguirá observando o comenzará a defender aquello que un día le ayudó a comprender.
El buen cartógrafo no defiende sus mapas. Protege algo mucho más valioso: la capacidad de seguir comprendiendo el territorio.
Pero nuestros mapas rara vez permanecen sólo en nosotros. Antes o después terminan influyendo en la forma de mirar, de decidir o de caminar de alguien más. Por eso el cartógrafo no sólo debe ser fiel al territorio. También debe ser leal al caminante: describir las dificultades reales sin convertir sus propios miedos, sus dudas o sus renuncias en fronteras para los demás.
Porque algunos límites pertenecen al territorio y otros sólo pertenecen al mapa. Éste puede advertir de un precipicio o convencer al caminante de que la montaña es imposible; puede ayudar a orientarse o reducir el horizonte antes incluso de comenzar el viaje.
Por eso el buen cartógrafo no entrega certezas, sino posibilidades. No promete que el camino será fácil; procura que el caminante pueda reconocerlo cuando llegue a él.
Pero el caminante también tiene una responsabilidad. Ningún mapa puede sustituir la necesidad de observar. Ninguna explicación evita la obligación de mirar de nuevo cuando el territorio empieza a llevarnos la contraria, porque caminar no consiste únicamente en avanzar, sino también en permitir que cada paso enseñe algo al cartógrafo.
Quizá por eso la relación entre ambos sea mucho más sencilla de lo que parece. El cartógrafo debe ser fiel al territorio y leal al caminante. No funciona bien al revés, porque la realidad siempre tendrá la última palabra y los mapas sólo merecen conservarse mientras sigan ayudándonos a comprenderla.
Tal vez la diferencia más profunda no tenga que ver con la inteligencia ni con los conocimientos.
Tal vez tenga que ver con aquello que decidimos proteger. Con aquello que amamos.
El fanático ama sus mapas y los protege. El cartógrafo ama el territorio, lo observa y lo dibuja. Y el caminante solo quiere disfrutar del camino con la esperanza de llegar.
Quizá, después de todo, la pregunta nunca fue quién dibuja y quién camina.
La verdadera pregunta es qué estamos dispuestos a corregir cuando el territorio demuestra que nuestros mapas ya no lo describen.
Y cada uno de nosotros tendrá que decidir a quién quiere como compañero de viaje.
- Jose Navarro










