Cada 28 de junio conmemoramos el Día Internacional del Orgullo LGTBI, una fecha que trasciende la celebración para convertirse en un acto de memoria, reivindicación y compromiso.
Recordamos a quienes fueron perseguidos, humillados o encarcelados por el simple hecho de ser quienes eran, y reafirmamos que la igualdad, la libertad y la dignidad de las personas no pueden estar sujetas al debate político ni a los prejuicios sociales.
Los derechos nunca han sido un regalo. Siempre han sido fruto de la lucha de miles de personas que decidieron no resignarse. Por eso el Orgullo no es únicamente una fiesta: es una llamada a no olvidar, a no retroceder y a seguir defendiendo que nadie debe vivir con miedo por amar o por ser quien es.
España ha recorrido un largo camino y hoy cuenta con una importante protección jurídica para las personas LGTBI.
Sin embargo, sería un grave error pensar que el trabajo está terminado. Las agresiones, los insultos, el acoso escolar, la discriminación laboral y los delitos de odio siguen produciéndose. Cada ataque contra una persona por su orientación sexual o identidad de género es un ataque contra toda la sociedad democrática.
Por eso preocupa especialmente escuchar discursos que cuestionan derechos ya conquistados o que intentan presentar la igualdad como un privilegio. Defender los derechos humanos nunca puede calificarse de ideología. La igualdad no resta derechos a nadie; al contrario, amplía la libertad de todos.
A lo largo de mi trayectoria pública he tenido la oportunidad de contribuir, desde distintas responsabilidades, a ese objetivo común.
Como diputado en Les Corts Valencianes participé en la tramitación de normas dirigidas a proteger los derechos de las personas LGTBI y trans, así como en el impulso de protocolos destinados a combatir la discriminación y favorecer una sociedad más inclusiva. Aquella experiencia me enseñó que detrás de cada ley existen historias de personas que únicamente reclaman algo tan sencillo como poder vivir sin miedo.
Hoy, como alcalde, entiendo que esa responsabilidad continúa. Los ayuntamientos somos la administración más cercana a la ciudadanía y tenemos el deber de convertir nuestros pueblos en espacios donde nadie se sienta señalado, excluido o discriminado por ser quien es. Las instituciones no pueden permanecer neutrales frente a la intolerancia. La neutralidad frente al odio nunca ha protegido a las víctimas; únicamente beneficia a quienes discriminan.
También desde mi profesión como abogado he podido comprobar la importancia de que las víctimas denuncien.
Nuestro ordenamiento jurídico dispone de herramientas para perseguir los delitos de odio, pero ninguna ley será suficiente si como sociedad miramos hacia otro lado. Combatir la LGTBIfobia exige la implicación de las instituciones, de los centros educativos, de las familias y de cada ciudadano.
En estos días veremos cómo numerosos medios de comunicación dedican espacios a personas LGTBI de gran relevancia pública: artistas, deportistas, comunicadores, empresarios o creadores de contenido que, gracias a su visibilidad, contribuyen a romper prejuicios y ofrecen referentes muy necesarios para muchas personas, especialmente para los más jóvenes. Su papel merece reconocimiento y respeto.
Pero el verdadero reto no puede quedarse únicamente en la influencia o en la notoriedad.
El objetivo debe ser que llegue el día en que la orientación sexual o la identidad de género de una persona deje de ser noticia. Que un alcalde, una médica, un agricultor, un policía, un profesor, un empresario o un camarero puedan vivir con absoluta normalidad, sin que nadie les etiquete por a quién aman.
La verdadera igualdad llegará cuando dejemos de sorprendernos de que una persona LGTBI ocupe un cargo de responsabilidad o destaque en cualquier ámbito, porque lo verdaderamente importante será su capacidad, su trabajo y sus valores, no su orientación sexual. Necesitamos menos estereotipos y más normalidad. Menos etiquetas y más personas.
El Orgullo no consiste únicamente en colgar una bandera un día al año.
Consiste en defender cada día el respeto, la igualdad y la libertad, en que ningún joven vuelva a sentir miedo por dar la mano a su pareja, que ninguna persona trans vea cuestionada su identidad y que nadie tenga que ocultar quién es para sentirse aceptado.
No podemos permitirnos retrocesos. La historia nos ha demostrado que los derechos pueden perderse cuando se normalizan el odio, la desinformación o los discursos que convierten la diferencia en un problema. Por eso este 28 de junio debemos reivindicar, con más fuerza que nunca, que la diversidad no amenaza nuestra convivencia; la enriquece.
Porque nadie debería sentirse obligado a convertirse en un símbolo para poder ser aceptado. La diversidad forma parte de nuestra sociedad desde siempre y debe vivirse con la misma naturalidad con la que entendemos cualquier otra característica personal.
Ese es el horizonte al que debemos aspirar: una sociedad donde el respeto no dependa de la visibilidad, sino que sea un derecho garantizado para todos, sin excepción.
Y mientras exista una sola persona que siga sufriendo discriminación por amar o por ser quien es, el Orgullo seguirá siendo necesario. No como una fiesta, sino como un compromiso permanente con los valores que sostienen una democracia: libertad, igualdad, respeto y derechos humanos para todos.
Jesús Salmerón Berga, Alcalde de Gátova y Abogado.










