“Y escribo por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron,
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.”
— Lope de Vega
Hay leyes que no necesitan laboratorio.
Basta el Congreso.
La de Murphy, por ejemplo. Esa que viene a decir que todo lo que puede ir mal… es perfectamente susceptible de empeorar.
No falla.
Murphy siempre está al acecho.
Ayer ya tuvimos una escena de tono bronco en la sala de prensa del Congreso, con Patxi López encarado con el periodista Vito Quiles, al que llegó a llamar “basura” y a espetarle que no tenía “ni puta idea”.
Y hoy, lejos de enfriarse el guiso, el portavoz socialista volvió a elevar el tono en la Cámara, llamando “mierdas” a diputados del mismo partido (PP) que en su día hicieron posible su llegada a lehendakari.
Luego, por si quedaba algo por remover, redobló sus ataques contra Quiles.
Murphy no pide más.
Ni ideología.
Aquello empezó como un debate.
Luego se animó.
Después se torció.
Y finalmente hizo lo que hacen casi todas las cosas públicas cuando se las deja a solas con la soberbia, la prisa y el micrófono: empeorar con grotesco entusiasmo.
Uno habla.
Otro se indigna.
El tercero gesticula.
El cuarto ya no escucha.
Y al final todos acaban diciendo cosas que, en otro contexto, exigirían agua, fregona, lejía… y zotal.
Eso es lo más interesante del Parlamento moderno: que a veces uno entra esperando un debate y sale con la sensación de haber asistido a una riña de mercado, solo que con más presupuesto y menos tomates y nabos.
Ya Quevedo describía grescas memorables, pendencias de plaza y batallas nabales con una alegría verbal que aún hoy da gusto. Pero lo de aquellas broncas tenía, al menos, una ventaja: eran broncas honradas. La gente gritaba porque estaba en un mercado. Ahora se grita en sede parlamentaria, que en teoría es un lugar donde se va a discutir ideas, no a poner a prueba la resistencia del diccionario. Quevedo, comparado con algunos de nuestros próceres, parece un ujier de biblioteca.
El problema no es que el nivel del debate baje.
Es que siempre hay quien trae una pala.
Y cava.
Y cava con aplicación.
Y cava convencido de que está levantando la democracia, cuando lo único que levanta es polvo y mucho fango…
Hay intervenciones que no elevan el debate: lo entierran con oficio.
Y lo hacen, además, con ese entusiasmo del que se cree dueño del terreno, del lenguaje y hasta de la decencia.
Luego llegan las caras de escándalo.
Los comunicados.
Las explicaciones.
Los que dicen que no era para tanto.
Los que dicen que era gravísimo.
Y los que aprovechan el barrizal para chapotear un poco más, que de esos nunca faltan.
Porque cuando una cosa se pone fea en política, siempre aparece alguien dispuesto a ponerla peor. No por convicción. No por principios. A veces ni siquiera por estrategia. Por pura vocación de jumento verbal. Por ese impulso tan castizo de convertir una sesión parlamentaria en una cuadra con wifi.
Y ahí es donde empieza lo verdaderamente instructivo.
Porque no todos los que rebuznan han desertado del arado…
… hay quien, viéndolo bien, parece de los que iban delante, tirando… pero sin dirección.
Eso ya no es vehemencia.
Eso es otra cosa.
Eso es confundir la fuerza con el rumbo, el ruido con la razón y el insulto con el argumento.
No es que falten ideas.
Es que sobran voces.
Y cada una compite no por ser más cierta, sino por ser más gruesa, más rápida o más sonora. Como si el país necesitara soluciones y le estuvieran ofreciendo decibelios.
Luego nos preguntamos por qué la gente se harta.
Pues por esto.
Porque uno puede soportar que le mientan de vez en cuando, que ya es bastante. Lo que cuesta más soportar es que encima le griten, le chapoteen y luego le llamen pedagogía al lodazal.
Y en estas cosas siempre recuerdo algo que decía mi abuelo Melchor, que de política sabía lo justo, pero de la vida sabía bastante.
Decía:
“Hijo… cuando una cosa se pone fea, no te preocupes: siempre llega alguien a ponerla peor.
Y si además oyes rebuznar… apártate.” – Melchor de Astracán
Faldón de Astracán y Crespo












