“Y escribo por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron,
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.”
Lope de Vega
Hay leyes muy fiables en este mundo. Por ejemplo: si tiras una piedra al aire, acaba cayendo.
La gravedad.
Una ley sencilla que entienden perfectamente los niños, los físicos… y, con algo más de retraso, también los políticos.
Porque en política ocurre una cosa curiosa: cuando alguien empieza a subir, lo hace con una facilidad que haría sospechar a cualquier fontanero.
Primero llega un cargo pequeño.
Una mesa, dos teléfonos y un asesor que todavía recuerda para qué lo contrataron.
Luego aparece otro asesor.
Después un gabinete para coordinar a los asesores.
Más tarde una oficina encargada de coordinar al gabinete que coordina a los asesores.
A partir de ahí el fenómeno crece solo, como esas plantas del balcón que uno riega dos días y, cuando vuelve a mirar, ya han colonizado media terraza.
Mientras tanto el protagonista sigue subiendo.
Cargo tras cargo.
Despacho tras despacho.
Foto institucional tras foto institucional.
Baile tras baile…
Siempre con esa sonrisa pueril y ese gesto tan serio que ponen los políticos cuando quieren que parezca que están pensando en algo muy importante.
Hasta que un día aparece un WhatsApp.
Un mensaje pequeño.
Casi doméstico.
Algo así como pedir un favor para colocar a tu pareja. Nada extraordinario, dirá alguno. En España pedir favores tiene casi la misma tradición que pedir café.
El problema es que cuando los periodistas ven un mensaje así, les entra una curiosidad muy particular.
Empiezan a mirar.
Y encuentran más…
Abren un cajón. Luego otro. Después otro más…
Y en algún momento empiezan a aparecer llaves.
Primero una. Luego otra. Luego otra más…
Y cuando uno quiere darse cuenta, aquello ya no parece exactamente el patrimonio de un honesto servidor público, sino el inventario de un administrador de fincas con ambiciones diplomáticas y un curso de danza clásica por correspondencia.
En ese momento ocurre algo extraordinario.
La física.
El globo empieza a perder aire.
Los discursos se vuelven más prudentes.
Las explicaciones más imaginativas.
Y los amigos, curiosamente, más difíciles de localizar.
Es un espectáculo antiguo. Muy antiguo.
La historia política está llena de carreras meteóricas que empezaron como globos de feria y terminaron cayendo con la elegancia de un saco de patatas florecidas.
No hace falta ser Newton para entenderlo.
La gravedad siempre está trabajando.
Lo único que ocurre es que tiene paciencia.
Por eso conviene no ponerse demasiado nervioso cuando alguien empieza a subir demasiado deprisa.
Al final la física acaba recordándonos que sigue ahí.
Y en estas cosas siempre recuerdo algo que decía mi abuelo Melchor, que de política sabía lo justo, pero de la vida sabía bastante:
“Hijo, en política como en la vida:
si ves que algo empieza a subir muy deprisa,
búscate una buena silla a la sombra…
la gravedad acaba haciendo su trabajo.”
— Melchor de Astracán
Faldón de Astracán










