Santiago Abascal admitió frente a Pedro Sánchez que propiciaría elecciones anticipadas en la Comunidad Valenciana un segundo después, nada más, de que el Presidente anunciase lo propio con las generales españolas. Como es sabido, el jefe del Gobierno se llamó a andanas.
Éste es sólo un ejemplo más del carácter instrumental que los políticos confieren a las elecciones. No las convocan para que el pueblo manifieste sus preferencias en las urnas, sino que lo hacen calculando el interés que pueden sacar de la consulta popular. Así, lo que es bueno para los ciudadanos en general lo será o no para las formaciones políticas según sean sus expectativas electorales.
Lo vemos en el ya citado caso de la Comunidad Valenciana. La petición de comicios adelantados que hacen la izquierda y los nacionalistas no es para que se refleje la voluntad popular, como dicen, sino por el cálculo de que la tragedia de la dana les favorece y que ésa sería una manera de volver al poder. Justamente lo contrario de lo que sucede a nivel nacional, donde las encuestas soplan a favor de la derecha y no interesa, por consiguiente, que se refleje en las papeletas esa misma decisión de los ciudadanos.
Estamos, pues, ante una gran hipocresía colectiva, en la que no interesan las elecciones sino sus resultados. No hay más que ver, por ejemplo, los movimientos preelectorales de Castilla y León y Andalucía, donde la izquierda inculpa a Fernández Mañueco y Juanma Moreno, respectivamente, de los incendios forestales y de la falta de cribado de mamografías, para obtener así unos resultados que no le darían los problemas cotidianos de los electores. Dicho queda.












