El cantante Miguel Ríos, a sus 81 años, acaba de publicar un nuevo disco, a pesar de haber empezado a retirarse hace años. Con motivo de la efeméride, en una de las entrevistas que le han hecho no puede ser más explícito: “Yo voy a votar al PSOE siempre”, ha dicho.
No ha puesto condiciones de si hace esto o aquello o si deja de hacer eso otro. Siempre es siempre, haga lo que haga el partido en cuestión. La frase resulta sintomática de un estado de ánimo de muchos votantes socialistas. Para ellos, su adhesión al partido va más allá de lo coyuntural e incluso de lo racional. Su relación con él viene a ser casi religiosa, con una fe que no admite fisuras sea cual fuere el comportamiento de los acólitos de Pedro Sánchez, hoy, como lo pudieron ser los de Zapatero en su momento.
Esto es algo que no puede conseguir la derecha por mucho que lo intente. El sentimentalismo y la emocionalidad son propios de la izquierda. Se podrá argüir, en el caso de Miguel Ríos, como en los de Bardem, Almodóvar y otros, que ellos gozan de subvenciones y prebendas y que es lógico ser agradecido a quien te las concede. Pero no es necesaria esa relación de reciprocidad, como tampoco es la del creyente porque se hayan producido en él milagros. La fe es la fe y no hay más gárgaras.
Por eso, la actitud de Miguel Ríos es similar a la de muchos ciudadanos anónimos, que practican lo mismo que él sin cuestionar si lo que hace el PSOE está bien o mal, porque él es el valladar frente a la derecha. Mientras esta actitud se mantenga —que lo hará— es lógico que el partido socialista aguante, por más perrerías que cometa.











