Los políticos nacionalistas catalanes han reclutado a los niños y adolescentes valencianos para adoctrinarlos. Una reflexión crítica analiza cómo funcionan sus estrategias de absorción cultural, los daños que provocan y cómo están moldeando a una generación perdida si no actuamos ya.
UNA JUVENTUD bajo la órbita de los nacionalistas catalanes no puede ser buena.
Desde hace décadas, los menores valencianos han sido arrastrados, sutil pero implacablemente, hacia la maquinaria ideológica del catalanismo, y muchos se están convirtiendo en peones de un proyecto que no les pertenece. La complicidad de algunos sectores de la sociedad valenciana con estos políticos es innegable, pero también es cierto que esos niños y niñas, seducidos u obligados, son en parte víctimas. Adoctrinados hasta lo indecible, coaccionados por un sistema educativo sesgado y una parte del profesorado comprado por el catalanismo que no les importa perder sus raíces Valencianas o sobre todo Españolas por el adoctrinamiento catalanista, estos menores, intimidados por la presión social, despojados de su identidad propia y arrancados de su raíz valenciana, están siendo utilizados por los nacionalistas catalanes, que los convierten en sujetos de un experimento cultural perverso: un reservorio de sus ideas expansionistas y, en última instancia, en carne de cañón para su batalla por la hegemonía en los Països Catalans, mientras los padres de estos pequeños, no se dan cuenta o viven atemorizados por la falsa publicidad que ejercen algunos docentes, políticos o prensa.
Las estrategias catalanas se han convertido en una fuerza omnipresente en la Comunidad Valenciana desde finales del siglo XX, cuando empezaron a infiltrarse en las aulas y los medios.
La principal herramienta empleada por los nacionalistas catalanes para apropiarse de los jóvenes valencianos y unificarlos bajo su credo ha sido la escuela, convertida en un campo de batalla ideológico, usando insidiosamente el sistema educativo para adoctrinar e inculcar por esta vía una visión interesadamente sesgada en vez de fomentar el análisis y el espíritu crítico. Allí, bajo el paraguas de la «normalización lingüística», se impone una versión estandarizada del catalán que borra las particularidades del valenciano, mientras se cuelan narrativas históricas que presentan a Valencia como un apéndice de Cataluña. Para los más pequeños, de primaria a secundaria, existen programas culturales y actividades extraescolares que los conectan con una identidad ajena. En cuanto a las chicas, no escapan: se las anima a abrazar un feminismo teñido de esteladas, con talleres y charlas que refuerzan el mensaje.
Y no solo eso: el español, que algunos se empeñan en reducir a «castellano» como si fuera una lengua extranjera, es relegado a un segundo plano, ninguneado en favor de un catalán que no respeta ni la diversidad ni la riqueza del bilingüismo valenciano.
Una figura destacada de este proceso podría ser esa maestra o maestro implacable que, con su insignia de la senyera catalana en la solapa, recita la historia de los «Països Catalans» como si fuera un evangelio, mientras aparta el español y la bandera de España de las aulas como si fueran reliquias incómodas, relegando el orgullo de nuestra patria y nuestra lengua madre al olvido.
Desde los años 90, la influencia catalana en la educación valenciana ha pasado de ser una opción a una imposición tácita, con la complicidad de algunos políticos locales que prefieren mirar hacia otro lado. De las aulas, donde se empieza con cuentos sobre Jaume I como héroe catalán y se sigue con clases de «valenciano» que en realidad son catalán normativo, se sale preparado para integrarse en asociaciones culturales pancatalanistas, en movimientos juveniles como Arran o, peor aún, en la resignación de creer que ser valenciano es ser catalán de segunda y que España y el español es un lastre del que avergonzarse.
Nuestra mirada se posa sobre estos jóvenes con una mezcla de rabia y tristeza.
Nos indignan las imágenes de escolares valencianos cantando «Els Segadors» en actos organizados por entidades catalanistas, recitando consignas sobre una unidad que nunca existió, o desfilando en manifestaciones con banderas que no son las suyas, mientras la rojigualda es ignorada o vilipendiada. Nos repugna ver cómo se queman las raíces valencianas y españolas en nombre de una supuesta fraternidad, cómo se señala a quien defiende el «parlar valencià» o el español como un traidor, cómo se entrega a los niños a un proyecto que los despoja de su futuro.
Pero también está la otra cara: la del pequeño de 12 años que, confundido, pregunta por qué su valenciano no suena como el de su abuela, dejando que se pierda el “mosatros” valenciano por el “nosaltres” catalán, o por qué le dicen que el español es menos importante; o la del adolescente que, tras años de inmersión, cree que la Real Senyera Coronada es un símbolo menor frente a la estelada y que España es un enemigo a superar. «No volverán a ser libres el resto de su vida», podrían haber dicho los ideólogos catalanes, mientras los políticos valencianos, por acción u omisión, les dan un pellizco en la mejilla y los entregan al vacío.
En este 2025, la situación es alarmante.
Para empapar a las nuevas generaciones de su ideología nacionalista excluyente que tiene como elemento distintivo externo la lengua que sirva para separar a unos ciudadanos de otros usan las aulas, los libros de texto, a docentes que confunden su labor con la de propagandistas faltando a su deber de neutralidad política a la que todo funcionario público se debe o a televisiones públicas regadas convenientemente con dinero de todos para coparlas con su discurso. Los políticos, como modernos flautistas de Hamelín, han convencido a muchos de que este adoctrinamiento es progreso, mientras los valencianos que resisten son tildados de retrógrados.
Pero el historiador valenciano imaginario, Joan Fuster redivivo en su peor pesadilla, podría advertirnos: «Al principio, no les interesaban los niños porque no votan. Luego se dieron cuenta de que criar una generación a su imagen y semejanza era la clave para un proyecto milenario». Y así, con campamentos de verano con creencias catalanas, intercambios escolares y premios literarios en catalán normativo, se teje la red, mientras el español y la idea de España son arrinconados como si fueran una amenaza.
¿Qué concepto tienen los políticos nacionalistas catalanes de la juventud valenciana? Ninguno propio, al principio. Solo una masa moldeable para su causa.
Pero ahora, ante la pasividad valenciana, han visto el filón: un pueblo que no lucha por sus hijos está condenado a perderlos. Los niños valencianos, obligados a recitar la historia de una Cataluña mítica y a menospreciar el español que une a España, son explotados por una élite política que no los ve como individuos, sino como piezas de un rompecabezas territorial, cosechándolos para que después de muertos sus abuelos, ellos ya estén adoctrinados al catalán. Si los valencianos no despertamos, si no defendemos nuestras aulas, nuestras fallas, nuestro idioma valenciano, nuestra comunidad, el español, aunque algunos llamen castellano y nuestra patria, nuestra España que nos da sentido como nación, estamos destruyendo el futuro de nuestros hijos con nuestras propias manos.
Con la excusa de la cultura, se arrancan a los pequeños de sus raíces para servir a una causa ajena.
Peor aún, se los prepara para que, al crecer, perpetúen el mito de los Països Catalans, convertidos en soldados culturales de una guerra que no eligieron, alejados de España y del español que deberían llevar con orgullo. Entre las actividades, hay «turismo identitario»: visitas a museos donde se les enseña que Valencia siempre fue una provincia subordinada, o charlas donde se exalta la superioridad de lo catalán sobre lo valenciano y se ridiculiza lo español. ¿Útiles para su proyecto? Sin duda. Cada niño adoctrinado es un ladrillo más en su muralla.
Responsabilidad y culpa pesan sobre nosotros, los valencianos. Este no es solo un relato de crítica, sino un grito de alerta. Si no luchamos hoy, si no reclamamos nuestras escuelas, nuestra identidad, el español que nos conecta con España y la bandera que nos representa, el futuro de nuestros hijos será una sombra de lo que pudo ser. No hay término medio: o resistimos por el valenciano, por el español y por España, o los condenamos a ser cachorros catalanes, perpetuadores de un sueño que no es el nuestro.
¡VALENCIANOS, DESPERTAD!











