Su revelación ha hecho que la interesada pasase de golpe de ser una heroína elogiada por todos, a una persona despreciable a la que no se puede tomar en cuenta. Por supuesto que se trata de unos tuits impresentables, que van contra las convenciones del buen gusto y de la solidaridad humana, pero el fenómeno ha servido también para demostrar la hipocresía y la futilidad del mundo del espectáculo en particular y de la sociedad en general.
No he visto la película Emilia Pérez, por lo que desconozco si la señorita Gascón es merecedora o no del Óscar al que está nominada. Pero ya viene precedida por otros premios, no sé si por sus dotes de actuación o por su propia peripecia personal. En cualquier caso, su profesionalidad cinematográfica está acreditada, al margen de sus ideas, y no pierde un ápice de ella por absurdas o malsanas que puedan ser sus opiniones.
Si midiésemos el rasero del arte por la bondad o maldad personal de sus profesionales, las pinacotecas verían reducido el número de expositores y los conciertos mutilarían sus programas, pues no han sido pocos los artistas que, a pesar de su talento, en su vida privada han sido misóginos o maltratadores merecedores del mayor de los repudios sociales.
Por eso, creo que es injusto el ostracismo profesional al que se quiere someter a la actriz, que no deja de serlo por extravagantes y venenosas que hayan sido sus manifestaciones en redes sociales. Una cosa es merecer el rechazo social y otra muy distinta la muerte laboral. Lo que ayer era bueno, profesionalmente hablando, no puede convertirse de golpe en malísimo, salvo que seamos unos cínicos o unos tontos.











