Cuando Enrique se sienta delante de las cámaras de Esvidas para hablar de su adicción, profundiza en el alcohol, la cocaína y las recaídas. Pero cuando el sevillano ordena su vida, reconoce que su ingreso en Esvidas La Cartuja, centro de desintoxicación en Cádiz, tiene otra raíz: el miedo a estar solo, la necesidad de agradar y una autoestima rota desde muy joven.
Margarita, psicóloga de Esvidas La Cartuja, explica que el testimonio de Enrique muestra una “realidad habitual” del proceso de recuperación: “La persona puede dejar de consumir, pero si es incapaz de trabajar aquello que le mantiene apegado a la enfermedad, la adicción va a manifestarse de nuevo”.
El caso de Enrique fue el de un joven que utilizó el consumo como forma de evasión, pero también lo fueron algunas relaciones marcadas por el apego, los celos y la necesidad de consumir.
“Siempre he recaído por el tema de la pareja”. Esta frase de Enrique permite entender cómo la adicción tiene diferentes formas de manifestarse, entre ellas los vínculos, la dependencia emocional y la dificultad para vivir sin refugiarse en algo o en alguien.
El bullying y el miedo antes del consumo
En su recorrido hacia el pasado, antes de las drogas, Enrique habla de su infancia. En su juventud, recuerda haber sufrido episodios de bullying verbal y físico y relata cómo aquello fue construyendo, poco a poco, una forma de protegerse ante los demás. “En esa época sentía mucho miedo”, recuerda.
Es precisamente ese miedo lo que le llevó a buscar pertenencia y protección fuera de sí mismo. “Creé un personaje como forma de apego para que no me hicieran nada”, reconoce. En aquella época se acercó a personas más mayores para encontrar en ellas la seguridad que no tenía dentro de sí.
Fue entonces cuando llegó el alcohol. Lo hizo pronto, cuando Enrique apenas tenía 16 años. Podría parecer prematuro, pero los datos así lo reflejan: los jóvenes en España inician su consumo de alcohol a los 16 años, de media, según el informe EDADES 2025.
La cifra refleja una realidad muy extendida en la sociedad española: el consumo de alcohol está más que generalizado, ya que más del 60 % de los españoles reconoce haberlo consumido en el último mes.
Y la edad de inicio del consumo preocupa a profesionales y expertos. “Cuanto antes se normaliza el consumo, mayor es la probabilidad de que el adolescente aprenda a regular el malestar, la presión social o la inseguridad a través de una sustancia”, advierte Antonio Peña, médico especializado en adicciones de Esvidas.
El alcohol cumplía en Enrique la misma función que describe Peña: “A mí lo que hacía era arrancarme la frustración”. La necesitaba para evadirse, aunque reconoce que “nunca me ha gustado el alcohol”. Hasta sus amigos lo veían raro. Y pronto apareció la pérdida de control: beber más rápido que los demás, terminar antes, el impulso convertido en exceso.
Más allá de las sustancias: la pareja como refugio
Tres años después de probar el alcohol, a los 19, probó la cocaína por los mismos motivos que el alcohol: para parecer más seguro e integrado.
“Estábamos en un botellón varios amigos, uno dijo que no, pero acepté para creerme el mejor. Como si fuera el más guay”, relata. El joven sevillano califica ese momento como “una de mis perdiciones”.
Otra de sus perdiciones, o como él la califica, “mi caballo de batalla”, son las parejas. El sevillano relata cómo hubo un tiempo en el que dejó de consumir sustancias, pero la compulsión no desapareció, sino que cambió de forma.
¿Cómo se manifestó entonces? A través de las parejas. “No consumía la sustancia, pero sí consumía de las personas, por ejemplo, con los celos”, admite.
Enrique describe sus relaciones como marcadas por el apego, el miedo al abandono y la necesidad de control. Además, reconoce que llegó a ser tóxico y que se veía incapaz de dejar ir a la otra persona cuando la relación ya no le hacía ningún bien. Es ahora, en perspectiva, cuando reconoce que “no me he querido nunca y tengo una autoestima súper baja”.
Aquí está una de las claves de su historia: el problema no era solo consumir, ni recaer, ni elegir mal la relación, sino sostener la soledad, la frustración o el vacío sin buscar algo externo que lo calmara.
Hacer un tratamiento “bien” no siempre significa estar recuperado
Antes de llegar a Esvidas La Cartuja, Enrique había pasado por otro tratamiento. Pese a lo que muchos pueden pensar, él no lo recuerda como un fracaso.
Reconoce haber logrado cosas importantes: retomó los estudios, consiguió estructura, trabajó y llegó a tener un empleo fijo. “El único trabajo fijo que he tenido ha sido estando en tratamiento”, recuerda.
Pero ahora, en perspectiva, ve lo que no supo mirar en su momento. “Hice un buen tratamiento, pero no renuncié a nada”, reconoce el sevillano. Hubo avances reales, pero también una falsa seguridad. Y fue ahí donde la adicción encontró su hueco.
Llegaron las pequeñas mentiras, las salidas que se alargaban, los horarios que escondía y el consumo que intentaba mantener fuera de la mirada de su madre.
“Llegaba a casa y mi madre no notaba que había bebido porque realmente no llegaba borracho. Comía antes”. El testimonio de Enrique recuerda que una recaída empieza, muchas veces, antes del consumo. “Cuando la persona deja de hablar, se cree a salvo o vuelve a actuar desde los mismos patrones de consumo, está en peligro real”, explica Peña.
Esvidas La Cartuja, un nuevo punto de partida
El ingreso en Esvidas La Cartuja supone para Enrique un nuevo punto de partida. No lo vive como una solución inmediata, sino como la oportunidad de hacer esta vez el proceso completo, sin atajos y sin otra fachada.
“Ahora mismo me digo que estoy donde tengo que estar”, afirma. También reconoce que todavía trabaja la conciencia de enfermedad. Hay presión, exigencia y momentos de duda, pero por primera vez siente que tiene espacio real para centrarse en sí mismo.
“Tengo la tranquilidad de tener un tiempo de verdad para centrarme en mí. No lo he tenido nunca”, explica. Desde ahí lanza un mensaje directo: “La adicción es una pérdida de control”.









