Mario tenía 11 años cuando probó por primera vez el hachís. Antes, con siete u ocho años, ya había empezado a fumar tabaco a escondidas. Vivía en Balanegra, un pueblo de Almería, y desde muy pequeño se acostumbró a relacionarse con personas mayores que él.
Al principio, el consumo parecía algo intermitente, casi una etapa. Lo cogía, lo dejaba y volvía. Sin embargo, a los 15 o 16 años el hachís ya formaba parte de su rutina diaria. Lo más difícil de detectar, reconoce ahora, no fue únicamente el consumo, sino la forma en la que comenzó a verse desde fuera. «Mi madre y mi hermano me lo aceptaron porque no lo veían una droga tan dura», recuerda. Mario habla con la perspectiva que da el tiempo y comprende cómo una percepción social aparentemente inocente puede retrasar durante años la alarma.
Esa distancia entre saber que una sustancia puede causar daño y no percibirla como un problema cercano sigue reflejándose en las estadísticas. Según la encuesta ESTUDES 2025, el 94,1 % de los estudiantes españoles considera que el consumo habitual de cannabis puede acarrear problemas. Sin embargo, más del 10 % del alumnado de entre 14 y 18 años afirma haberlo consumido durante el último mes. Además, el cannabis continúa siendo la droga ilegal más consumida tanto entre estudiantes como entre la población general en España, según EDADES 2025.
No todo consumo termina en una adicción, pero toda adicción comienza con un primer consumo que, en determinados contextos, puede dejar de ser puntual y convertirse en una forma de vida.
Hoy Mario habla desde una recuperación todavía en construcción. Su historia pone rostro a una realidad frecuente: jóvenes que iniciaron un consumo normalizado durante la adolescencia y que, años después, descubren que el verdadero problema no era únicamente la sustancia, sino una enfermedad que había acabado tomando el control.
Cuando el consumo deja de ser ocasional
La primera etapa del consumo de Mario estuvo marcada por una contradicción habitual: el hachís le sentaba mal, le provocaba paranoia y, aun así, seguía consumiéndolo. «Me emparanoiaba mucho con el hachís y lo iba cogiendo, lo iba soltando…» Durante un tiempo, esa relación intermitente le hizo creer que seguía teniendo el control.
Todo cambió en plena adolescencia. «Con 15 o 16 años empecé un consumo diario de hachís.»Ese paso, que muchas familias interpretan como una conducta pasajera o propia de la edad, marcó un antes y un después. El consumo dejó de ser esporádico para integrarse por completo en su día a día, también dentro de casa.
Mario reconoce que su entorno familiar nunca percibió el cannabis como una droga especialmente peligrosa. Precisamente ahí reside uno de los principales desafíos de la prevención. «El cannabis sigue siendo, para una parte de la sociedad, una sustancia de menor riesgo, especialmente si se compara con la cocaína, la heroína u otras drogas asociadas a un mayor deterioro visible. Y eso es un problema», advierte Antonio Peña, médico especializado en adicciones de Esvidas.
Los especialistas insisten en que el riesgo no depende de un único factor, sino de la combinación de varios elementos: la edad de inicio, la frecuencia del consumo, la función que cumple la sustancia y la pérdida progresiva de límites.
La historia de Mario reúne todos esos ingredientes. El consumo comenzó durante la adolescencia, coincidió con la separación de sus padres y se desarrolló en un entorno donde las drogas ya estaban presentes a través de personas mayores.
La cocaína cambió las reglas
Durante años, Mario convivió con personas que consumían otras sustancias, aunque siempre creyó que él nunca cruzaría esa línea. «Siempre había pensado que nunca iba a tocar esas cosas.» Su caso desmonta una idea muy extendida: muchas personas que desarrollan una adicción nunca creen que llegarán a perder el control.
A los 18 años, en un momento de especial vulnerabilidad, probó la cocaína por primera vez en una discoteca. La experiencia inicial no fue especialmente impactante y el consumo quedó limitado, en apariencia, a los fines de semana. Pero aquella sensación de control duró poco. Poco a poco, la cocaína fue ocupando un espacio cada vez mayor hasta convertirse en la sustancia principal.
Con ella llegaron también las consecuencias: vender objetos personales, pedir dinero con excusas, manipular a amigos, robar en casa y prometerse una y otra vez que dejaría de consumir. «Llegó un momento en que puse una fecha para dejarla, pero llegó el día y no podía. No podía.» Fue entonces cuando comprendió la dimensión del problema. «Me di cuenta del problema que tenía.»
La adicción no entiende de sustancias
Mario explica que, una vez desapareció el miedo inicial a la cocaína, también desaparecieron muchas de las barreras que había mantenido durante años.»Conforme se me quitó el miedo de la cocaína, se me quitó el miedo de las demás drogas.» Después llegaron el tusi, el MDMA, la ketamina, los globos o el popper.
Aun así, reconoce que siempre hubo una sustancia por encima de todas.»Mi droga estrella siempre ha sido la cocaína.» Pero insiste en que el verdadero problema nunca fue una droga concreta. «Cuando no había de esa utilizaba la que fuera, porque el adicto lo es a cualquier cosa que le coloque.»
Su reflexión va incluso más allá de las sustancias. «He estado siete meses sin consumir, entre comillas, porque he estado consumiendo muchas conductas.» Habla de compras compulsivas, relaciones, comida y otros comportamientos que cumplían exactamente la misma función: aliviar el malestar, llenar un vacío o escapar de la realidad. Ese matiz resulta clave para comprender la adicción como una enfermedad compleja, que no siempre cambia de forma cuando desaparece la sustancia.
«Solo no podemos»
Hoy, con 21 años, Mario continúa inmerso en su proceso de recuperación. Su historia demuestra cómo un consumo aparentemente normalizado durante la adolescencia puede tardar años en identificarse como un problema real.
El cambio comenzó cuando dejó de pensar que podía salir por sí mismo. «Lo he intentado muchas veces solo y solo no podemos.» Para Mario, pedir ayuda no fue una derrota, sino el primer paso para romper una dinámica que ya no era capaz de controlar.









