Cada mes de enero marca el inicio de una fiebre colectiva por “empezar de cero”.
Los gimnasios se llenan, proliferan los retos de 30 días, las dietas estrictas y las aplicaciones que prometen transformar cuerpo y mente en tiempo récord. Lo que en apariencia parece una apuesta por el autocuidado se ha convertido, para muchos, en una nueva forma de adicción: la obsesión por el control, el rendimiento y la perfección.
Los expertos en salud mental advierten de un fenómeno en auge: las adicciones sin sustancia, comportamientos compulsivos que dependen de la búsqueda constante de validación o de una mejora personal imposible de alcanzar. Entre ellas destacan la ortorexia (obsesión por comer sano), la vigorexia (dependencia del ejercicio físico), la adicción al trabajo o el uso compulsivo de redes sociales y aplicaciones de bienestar.
“Lo que empieza como una rutina positiva puede convertirse en un ciclo de exigencia extrema y frustración constante”, explica Antonio Ortega, director terapéutico de Esvidas, centro especializado en adicciones conductuales.
“La frontera entre el cuidado y la obsesión es cada vez más difusa, sobre todo en una sociedad que premia el rendimiento y la imagen.”
La otra cara del propósito de año nuevo
El comienzo del año concentra una enorme presión social hacia la mejora personal. Cuidarse se convierte en una meta, pero también en un mandato. El lenguaje del bienestar adopta el tono de la exigencia: “sé constante”, “no falles”, “no te rindas”. Y en ese proceso, el equilibrio se diluye.
En los centros de tratamiento de adicciones, observan cómo la cultura del rendimiento se infiltra en áreas que antes pertenecían al ocio o la salud. Lo que en principio nace como un hábito positivo, ir al gimnasio, comer de forma equilibrada o meditar, puede transformarse en una conducta compulsiva cuando se persigue desde la autoexigencia o el miedo a perder el control.
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“Detrás de muchos comportamientos que la sociedad aplaude por su disciplina hay una necesidad profunda de validación o de huida emocional.
La persona no busca bienestar, sino aliviar la ansiedad que genera no cumplir con sus propios estándares”, explica Yuri Govigli, técnico en conductas adictivas de Esvidas.
Adicciones sin sustancia: el mecanismo invisible
Las adicciones sin sustancia comparten mecanismos psicológicos y neurobiológicos con las dependencias tradicionales. En ambos casos, el cerebro asocia la conducta con una sensación placentera, en este caso, logro, control o reconocimiento, y activa los circuitos de recompensa. Esa gratificación inmediata
De la motivación al agotamiento
Los especialistas en conductas adictivas advierten de un patrón común: el paso de la motivación al agotamiento psicológico. Lo que comienza como un propósito razonable se convierte en una fuente de ansiedad cuando el descanso genera culpa o cuando la autoestima depende del cumplimiento de una rutina. En términos clínicos, la conducta se vuelve problemática cuando provoca malestar, pérdida de libertad o deterioro funcional. Sin embargo, muchas personas no identifican esos signos porque la sociedad los disfraza de virtudes: constancia, disciplina, compromiso.
La importancia de la prevención y la educación emocional El abordaje de estas nuevas adicciones pasa por la prevención y la educación emocional.
Enseñar a identificar cuándo un hábito saludable se convierte en obsesivo es fundamental. Algunos indicadores de alerta son:
• La imposibilidad de descansar sin sentir culpa.
• La irritabilidad al romper la rutina o los objetivos.
• La pérdida de interés por otras áreas de la vida.
• La sensación de que el valor personal depende del rendimiento. Fomentar una cultura del bienestar más flexible, que incluya el descanso, el disfrute y la imperfección, es una tarea colectiva.
“El reto no está en eliminar las metas, sino en reconciliarlas con el placer y la libertad. Cuidarse debería ser un acto de respeto, no una prueba de resistencia”, concluye Fronteriz. Un cambio de mirada Las adicciones sin sustancia son el reflejo de una época que premia la productividad y castiga la pausa. Comprenderlas requiere mirar más allá de los síntomas visibles y analizar los valores que las sostienen. Los expertos en adicciones insisten en que el bienestar no puede medirse en horas de gimnasio ni en niveles de exigencia. La salud mental empieza cuando el autocuidado deja de ser una carrera y se convierte en un equilibrio. Porque cuidarse sí, pero sin perderse.














