—Dos cafés, por favor.
—¿Cortos?
—Muy cortos.
—¿Tienen prisa?
—Ninguna.
El camarero anotó algo en su libreta. No alcancé a ver si había escrito dos cafés, muy cortos o ninguna prisa. Nunca se sabe muy bien qué cosas quedan apuntadas.
—¿Algo más?
Nos miramos. Aquella pregunta tendría que esperar.
No recuerdo quién preguntó primero si prefería té o café. Hay preguntas que parecen pequeñas porque caben en una taza: ¿té o café?, ¿solo o con leche?, ¿dulce o amargo?, ¿corto o largo?, ¿cuál te despierta?, ¿cuál te calma?, ¿cómo lo prefieres tú? Preguntas aparentemente inocentes. Hasta que dejan de serlo. Yo quería café. Café solo. Aunque empezaba a sospechar que no quería tomarlo solo.
Tú hablaste del té. De elegirlo, prepararlo, dejarlo reposar. De que no todos necesitan el mismo tiempo ni entregan inmediatamente lo que llevan dentro. Yo te escuchaba. Conocer té, escuchar té, reconocer té.
Conocerte. Escucharte. Reconocerte.
Te estaba conociendo y, sin embargo, había momentos en los que tenía la extraña sensación de reconocerte. Como entrar por primera vez en una casa y saber, sin ninguna razón, dónde está la puerta.
—¿Cuánto hace que nos conocemos?
Miraste las tazas.
—Dos cafés.
—Parece más.
El camarero volvió.
—Se les ha enfriado.
—Ya.
Seguimos hablando. Primero de cosas que uno cuenta sin demasiado riesgo. Después, de otras. Un lugar llevó a un viaje; un viaje, a una persona; una persona, a una ausencia. Y una ausencia terminó llevándonos a un lugar al que ninguno de los dos esperaba llegar aquella tarde. Quizá por eso aprendimos a leer los posos del café. No sé si muy bien o muy mal, pero eso sí, muy lentamente.
Una mancha parecía una casa. Otra, un camino. Encontramos un animal, una cara y hasta algo que tú insistías en llamar barco y que a mí me parecía una alcachofa. Cuanto menos café quedaba en las tazas, más cosas aparecían sobre la mesa: recuerdos, inquietudes, algún miedo, alguna estupidez, risas. Y silencios. Hubo uno especialmente largo. Ninguno corrió a arreglarlo.
Cuenta me.
Cuéntame.
Y contaste.
Por un rato, conocerte dejó de parecerse a averiguar cosas sobre ti. Bastaba con estar allí mientras ibas apareciendo.
—¿Otro café?
Nos miramos.
—Otro.
Después perdimos la cuenta. No sé cuántos fueron. Tampoco cuánto tiempo estuvimos allí. Los cafés eran muy cortos. Nosotros seguíamos allí. En algún momento dejamos incluso de pedir lo mismo. Café para mí. Té para ti. Dos tazas distintas sobre la misma mesa.
El camarero regresó.
—¿Algo más?
Sobre la mesa quedaban dos tazas vacías y algunos posos que seguíamos sin saber leer. Afuera debía de haber pasado bastante tiempo. Dentro, ninguno había mirado el reloj.
—¿La cuenta?
Te miré.
—La cuento…









