Luces de colores adornando el árbol, el olor a carne a la cacerola de mi madre y un par de galletas de jengibre. Pero cada año pasa lo mismo. Lo que debería ser una época de luz y alegría, de paz y amor junto a los seres queridos, acaba convirtiéndose en un especial de Navidad de esos que siempre terminan en desastre.
Algunos lo llaman magia navideña. Otros, reunión familiar. Cada año hay más invitados alrededor de la mesa y más bocas a las que callar. Los temas de política están estrictamente prohibidos: son de mala educación. Entre la izquierda y la derecha siempre aparece la persona del medio, la que solo vino a por la comida. Callada, discreta, casi invisible… hasta que habla y todos se sienten obligados a replicarle.
Luego está el primo raro que tiene toda familia, junto a la prima a la que le piden que oculte su sexualidad. Como si todo quedara en pausa hasta que las profecías anuales de la abuela sobre su “última Navidad” decidieran cumplirse. También aparece el típico tío con síndrome de cuñado, cuyas bromas no podrían incomodar más ni aunque se esforzara, y ese niño molesto cuya ilusión todos procuramos mantener intacta.
¡Ho, ho, ho! Feliz Navidad. En España no le dejamos galletas y leche sobre la chimenea, sino tortilla y fuet. Y, a veces, hasta un buen trago de cerveza. Porque si algo sabemos hacer bien, además de fingir armonía, es brindar por ella.












