Mientras, nos enteramos de que el hermano del presidente del gobierno vivía en el palacio de La Moncloa.
En secreto, porque se suponía que vivía en Portugal y no pagaba impuestos en España. Pero sí recibía un sustancioso sueldo público, por ocupar un cargo como director de un chiringuito en Extremadura. Un chiringuito que ni siquiera sabía dónde estaba.
Nos ponen mirando a Gaza porque se rumorea que la UCO volverá a sacar informes.
Nos ponen mirando a Gaza, porque la familia del presidente del gobierno desfila por los juzgados como cualquier caco. Porque el ex secretario de organización del PSOE está en la trena y no deja de aparecer “fango”. Porque la seguridad en los trenes está comprometida, el aeropuerto de Barajas es un estercolero y porque las listas de espera son sentencias de muerte para muchos.
Nos quieren mirando a Gaza, nos quieren preocupados por una guerra que ni nos va ni nos viene, mientras, España se desmorona.
Ya no se trata del ridículo internacional, que también. Se trata de lo lamentable que es abrir las redes sociales y ver las caras de siempre, aprovechando el momento. Activistas profesionales reventando un evento deportivo. Aforadas gritándole a la policía. La policía sin “ordenes”. El balance final: veintidós policías heridos y dos perroflautas detenidos. Pero ahí estamos, clamando a favor o en contra, de algo que ni remotamente debería ser asunto nuestro. Polarizados hasta con la muerte y los asesinatos más abyectos.
Nos sacan el capote y entramos como un Miura.
Mientras, nos indignamos por el boicot de un evento deportivo o nos creemos muy buenas personas por participar en el mismo, pero, a unos y otros, cada día les cobran más impuestos, les prohíben más cosas y les suben el costo de la vida. A unos y a otros, les están desmantelando el país. A unos y a otros les están llenando los barrios de ilegales y gente peligrosa que campa a sus anchas y delinque impunemente.
Ahí es dónde nos quieren. En ninguna parte. Pensando en la mona de pascua. Prestando nuestra voz y nuestro tiempo, a causas ajenas. Discutiendo inútilmente, a golpe de zasca e insultos en redes. En definitiva, mirando en una dirección errónea. Es un truco muy viejo, pero parece ser que es infalible.
Cuando existe un problema real, y no se puede esconder, hay que difuminarlo.
El problema es que llevamos más de media legislatura sin presupuestos. Con un gobierno preso de partidos a los que les votan cuatro gatos. Con un gobierno a los que los casos de corrupción se le salen por las orejas. Con verdaderos inútiles en puestos clave como el Ministerio de Transportes. Tenemos una médica en Hacienda y durante la pandemia tuvimos como ministro de sanidad a un licenciado en filosofía.
El Ministerio de Interior y defensa parecen servir a países extranjeros. Y una política “verde” totalmente desastrosa para el sector primario. La vivienda inasequible. Una vivienda que además te pueden robar legalmente. Una vivienda que muchos ya no podrán ni heredar, porque hasta a los muertos les cobran impuestos.
Y parece ser que esto no nos enfada lo suficiente como para reventar una sesión del congreso. Pero si un gatito muere en Wisconsin, las redes arderán con chalados que se alegran y los que se lo reprochan con insultos. Aparecerán imágenes creadas con IA, memes, y toda la batería de juguetes que nos ofrecen para tenernos bien entretenidos. Y, además, ahora saben que quitarnos esa droga dura es muy peligroso. Ya han visto lo de Nepal.
Saben que la verdad no se puede silenciar, por eso hacen tanto ruido.
Da resultado porque el fracaso del Estado es totalmente visible, pero a nadie parece importarle. Las instituciones se han rendido a su suerte. El que gana un sueldo público no quiere arriesgarlo por nada, y por eso lo acabará perdiendo, paradójicamente. El que debería protegerte no lo hace si no se lo ordenan. Los medios del ejército que se ven en el día de las fuerzas armadas deben ser de alquiler, porque cuando hacen falta no están.
La sangría a la que nos someten con los impuestos no tiene ningún retorno, pero no somos capaces, por ejemplo, de ir unos cuantos miles al ministerio de Transportes y contárselo. Porque para eso, están las redes sociales, dónde puedes desfogarte sin consecuencias -la mayoría de las veces-.












