Ángel Serrano: Marketing e IA: ¿Evolución o crisis?
Seamos honestos y bajemos de una vez el tono de euforia de Silicon Valley: si Philip Kotler viera cómo estamos entregando las llaves de la estrategia a un bot que alucina más que un adolescente en un festival, se dedicaría a la cría de malvaviscos. Llevamos un par de años aguantando a gurús de pacotilla que nos venden la inteligencia artificial como la panacea universal, pero los que nos hemos pateado las facultades y nos hemos leído hasta la última nota a pie de página de Bernays o McLuhan, sabemos que la tecnología solo es el envoltorio. El problema es que estamos tan deslumbrados con el brillo de la herramienta que estamos olvidando que el marketing, en esencia, sigue siendo un asunto de vísceras, calle y una profunda comprensión de la miseria humana.
De la aguja hipodérmica al algoritmo que no sabe quién eres
Hubo un tiempo en el que la comunicación se basaba en teorías sólidas, como la de la aguja hipodérmica de Lasswell, donde se creía que podías inyectar un mensaje en la masa y obtener una respuesta directa. Hoy, la inteligencia artificial nos promete una precisión quirúrgica, pero la realidad es que estamos inundando el mundo de basura sintética que tiene la profundidad emocional de un charco. No nos engañemos, porque por mucho que un modelo de lenguaje procese trillones de datos, sigue sin tener ni pajolera idea de por qué alguien se compra un coche deportivo cuando cumple los cincuenta o por qué nos genera nostalgia el olor de un pegamento de barra. La IA es una calculadora de probabilidades, no un psicólogo de barrio con colmillo retorcido, y ahí es donde la mayoría de las agencias se la están pegando contra el muro.
El marketing digital se ha convertido en una carrera de ratas por el clic fácil, donde se sacrifica el storytelling real en el altar del algoritmo de Google. Nos hemos vuelto tan perezosos que ya no buscamos el insight que te rompe los esquemas, sino el prompt que te ahorra media hora de trabajo. El resultado es un paisaje publicitario aséptico, lleno de imágenes perfectas con demasiados dedos y textos que suenan todos exactamente igual. Estamos matando la diferenciación en nombre de la eficiencia, y en un mercado saturado, ser eficiente pero invisible es la forma más rápida de tirar el presupuesto de tu cliente por el sumidero.
El naufragio de la creatividad en un océano de datos
La formación académica no está para decorar el currículum, sino para darnos el criterio necesario para no ser esclavos de la última moda. Los que entendemos la sociología del consumo sabemos que el ser humano es un bicho contradictorio, caótico y maravillosamente estúpido. Ninguna inteligencia artificial va a entender jamás la ironía, el doble sentido o ese humor canalla que conecta de verdad con la audiencia. Mientras el sector se empeña en hablar de hiperpersonalización, lo que recibimos los usuarios es un acoso digital que roza lo patológico. Segmentar no es perseguir a un pobre tipo por toda la web con el anuncio de una batidora que ya compró ayer, eso es simplemente ser un analfabeto funcional con mucha potencia de cálculo.
La verdadera crisis del sector no es tecnológica, es intelectual. Hemos cambiado el pensamiento crítico por la comodidad de un software que nos da todo masticado, y eso nos está volviendo irrelevantes. Un buen estratega sabe que la tecnología es un siervo útil pero un amo tiránico. Si no eres capaz de aportar esa chispa de genialidad, esa conexión cultural que solo te da el haber leído mucho, el haber viajado y el haber vivido fuera de la pantalla, eres perfectamente sustituible por una línea de código. El valor hoy no está en producir más, sino en producir algo que no parezca que ha sido vomitado por una máquina sin alma.
El regreso al humanismo como única salida al ruido
Al final del día, después de que se apague todo el hype de la IA, lo único que quedará será la capacidad de generar una emoción real. El futuro del marketing no pertenece a los tecnócratas, sino a los humanistas con colmillo. Aquellos profesionales que sepan usar la inteligencia artificial para picar piedra y automatizar lo tedioso, pero que guarden bajo llave el control creativo y estratégico. Saber qué preguntar es mucho más importante que saber qué responder, y esa habilidad solo se consigue con experiencia, bagaje cultural y una sana dosis de escepticismo ante los vendedores de crecepelo digitales.
No estamos ante el apocalipsis, sino ante un filtro natural que va a barrer a todos los que se limitan a copiar y pegar. La inteligencia artificial va a democratizar la mediocridad, lo que hará que el talento auténtico sea más caro y necesario que nunca. Es hora de dejar de idolatrar al algoritmo y volver a poner el foco en la psicología, en la antropología y en el arte de contar historias que duelan o que hagan reír. Porque, por mucho que avance la técnica, el corazón humano sigue siendo un territorio salvaje donde las máquinas todavía no tienen permiso de residencia, y ahí es precisamente donde nos gusta jugar a los que sabemos de qué va esto de verdad.











