Este año, en algunos aspectos, ha sido horrible. Ha muerto mi padre, uno de los seres más excepcionales de mi vida.
Si miro apenas veinticuatro meses atrás, la lista de familiares y amigos que ya no están crece demasiado. Pachi, Salva, Aurelio… Escribo sus nombres y pienso en la maravilla de haber compartido parte del trayecto con ellos.
Ahora, la muerte de Antonio me ha hecho detenerme de nuevo. Pienso en sus hijas, en su hijo y en su mujer. Todos ellos, amigos para siempre. Quiero acompañarlos también con estas palabras, nacidas del cariño y del recuerdo de Antonio. Y vuelvo a pensar en mi padre, en mis amigos, en tantas personas queridas. Hay momentos en los que uno necesita poner palabras a lo que siente, aun sabiendo que las palabras van a quedarse cortas.
Un vídeo sencillo ha terminado de removerlo todo. Sobre un fondo oscuro avanzan unas líneas que representan vidas. Algunas nos acompañan desde el nacimiento; otras aparecen después. Se acercan, comparten camino, se separan. Algunas terminan y quedan convertidas en estrellas. Apenas dos minutos para recordarnos algo que sabemos, pero que cuesta mirar cuando podemos ponerle nombres.
Al principio pensé que vivir consiste, en parte, en ir perdiendo capas. De nuestra coraza, de nuestros hábitos, de nuestra ropa. Y también de nuestra piel y de nuestra entraña. Porque no todo lo que se desprende estaba de más. Algunas personas nos hacían una vida mejor. Queríamos que siguieran aquí.
Con ellas perdemos también una forma de conversar. Alguien con quien bastaba una palabra para recordar una tarde de hace treinta años. Alguien a quien no había que explicarle quiénes éramos antes. A veces, la ausencia es quedarse sin la persona a la que queríamos preguntarle: «¿Te acuerdas?».
Mi padre ocupa un lugar enorme en todo esto.
Necesito nombrarlo y seguir hablando de él. Cuando digo que ha sido uno de los seres más excepcionales de mi vida, estoy hablando también de la suerte de haberlo tenido como padre. Lo echo de menos. Y, junto a ese dolor, está todo lo que significa para mí haber sido su hijo.
Después están las otras pérdidas. Las reparables, digamos, con cierta generosidad terminológica. Personas que se han alejado o a las que hemos alejado nosotros y cuya distancia hemos celebrado calladamente. Que exista un teléfono no significa que tengamos ganas de utilizarlo.
También podemos echar de menos lo bueno que hubo sin querer recuperar lo que acabó siendo. Y conviene admitir que no siempre hemos sido nosotros quienes mejor cuidaron una relación. Habrá distancias que nos protegen y otras en las que quizá nos vendría bien bajar un poco el orgullo.
Con tanto desprendimiento, resulta fácil concluir que vamos solos. Hay una parte íntima de la pérdida que nadie puede vivir por nosotros. Pero alguien puede sentarse a nuestro lado mientras la atravesamos. Puede escuchar sin arreglar nada, compartir un recuerdo, quedarse un rato. Esa compañía cuenta.
Y, mientras pensaba en todo esto, comprendí que estaba dejando fuera demasiada vida.
Porque también hay ganancias. Personas que llegan sin que sepamos todavía cuánto van a significar. Amistades que empiezan cuando creíamos tener ya el reparto completo. Afectos que encuentran sitio entre nuestras costumbres. Conversaciones que nos devuelven las ganas de conocer a alguien.
Y hay permanencias. Quien sigue llamando. Quien pregunta y espera la respuesta. Quien admite un mal día sin hacer inventario de agravios. Esa amistad capaz de atravesar meses de silencio y retomar la conversación sin pasar antes por un juicio.
A veces miramos tanto el lugar de quien falta que apenas reparamos en quien sigue aquí. También podemos prestar atención a esas presencias mientras las disfrutamos. Decirles que las queremos, buscar un encuentro, dejar de aplazar siempre esa comida.
Y hay personas que, aun habiéndose ido, seguirán viviendo felizmente dentro de nosotros. Cuesta escribir «felizmente» cuando hablamos de una pérdida, pero pienso en una ocurrencia que todavía nos hace reír, una expresión que hemos acabado utilizando, una enseñanza que discutimos y ahora entendemos mejor.
Ahí está también Toy, ese caniche que ahora vive conmigo y que fue tan feliz acabándose los yogures de la merienda de Antonio. Un hombre, su merienda y un caniche encantado con lo que quedaba. Un recuerdo sencillo que hoy me hace sonreír. También de esas pequeñas cosas está hecha la vida que echamos de menos.
En sus últimos años, mi padre me hablaba de un deseo: si se hubiera encontrado mejor, habría adoptado un perrito abandonado de un refugio. Toy llegó a mi vida apenas cinco meses después de que él se fuera. Ahora, al verlo en casa, recuerdo también aquel deseo suyo.

Recordar puede doler y también dar alegría. Podemos llorar a alguien por la mañana y sonreír por la tarde al contar una de sus historias. En ambos momentos lo estamos queriendo. Pienso en mi padre, en Pachi, en Salva, en Aurelio. Cuánto vale haber coincidido. Cuánta vida compartida sigue habiendo en esos nombres.
Nada de esto convierte la muerte en una ventaja ni obliga a encontrarle una enseñanza.
Hay ausencias que habríamos preferido no conocer. Tampoco una nueva amistad ocupa el puesto de un padre o de un amigo muerto. Cada afecto tiene su lugar; nuestra vida puede seguir ampliándose sin desalojar a nadie.
Por eso quiero escribir desde el amor y la reflexión. Sin convertir el recuerdo en una deuda ni el dolor en una obligación. Habrá días en los que pueda hablar de mi padre, de Antonio o de mis amigos y otros en los que me cueste. También quiero poder recordarlos con alegría.
Y quiero seguir haciendo sitio.
A quienes permanecen, a quienes puedan llegar y a las cosas buenas que aún nos quedan por vivir. Habrá ocasiones en que eso resulte difícil. Otras, por suerte, sucederá sin que tengamos que proponérnoslo.
Hoy pienso en Antonio. Y en sus hijas, en su hijo y en su mujer, amigos para siempre con quienes quiero seguir compartiendo camino. Vuelvo también a mi padre, a Pachi, a Salva, a Aurelio, a tantas personas queridas. Sus ausencias duelen. Haberlos tenido en mi vida sigue siendo una alegría.
Qué maravilla haber compartido parte del trayecto con vosotros.
Jose Navarro ✶








