«No vemos las cosas como son; las vemos como somos.»
Anaïs Nin
Hay deterioros que no llegan haciendo ruido.
No irrumpen en la vida como una tormenta ni aparecen de repente una mañana cualquiera. Se instalan poco a poco, como quien entra en una habitación y se sienta en una esquina sin decir una palabra.
Al principio suelen parecer cosas pequeñas.
Una conversación pendiente. Un comentario que incomoda. Una sensación extraña que no termina de encajar. Una decepción que preferimos no mirar demasiado de cerca.
Y entonces pronunciamos una de las frases más habituales de nuestra vida:
—No pasa nada.
Quizá una vez sea prudencia. Quizá dos sea paciencia. Pero algunas veces, sin darnos cuenta, termina convirtiéndose en una forma elegante de apartar la mirada.
Resulta curioso observar cómo convivimos con ciertas evidencias.
En una pareja. En una amistad. En una familia. En un trabajo. Incluso dentro de nosotros mismos.
Las vemos.
Las percibimos.
Sabemos que están ahí.
Pero construimos alrededor una explicación suficientemente cómoda para seguir adelante sin tener que acercarnos demasiado.
No porque seamos ingenuos. Muchas veces ocurre precisamente lo contrario. Somos capaces de encontrar razones para casi todo.
Justificamos, matizamos, reinterpretamos y buscamos contexto.
Poco a poco, aquello que un día llamó nuestra atención deja de hacerlo. No porque haya desaparecido, sino porque nos hemos acostumbrado. Y la costumbre tiene una capacidad extraordinaria para disfrazar lo evidente.
Así pasan los días. Después las semanas. Después los años.
Hasta que lo excepcional se vuelve cotidiano.
Y lo cotidiano deja de ser observado.
Lo extraño es que aquello que dejamos de mirar no suele marcharse.
Permanece. Sigue ocupando espacio. Sigue produciendo efectos.
Como una humedad que avanza lentamente detrás de una pared.
No hace ruido. No exige protagonismo. No reclama explicaciones.
Simplemente continúa ahí.
A veces, incluso, delante de nuestros ojos.
Quizá por eso algunos descubrimientos resultan tan incómodos.
Porque no descubrimos algo nuevo.
Descubrimos algo que ya sabíamos.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Enterarse puede sorprender.
Reconocer desmonta.
Porque reconocer obliga.
Obliga a revisar decisiones. Obliga a replantear relatos. Obliga a aceptar que quizá aquello que llevábamos tanto tiempo explicándonos ya no se sostiene igual de bien.
Y ahí empiezan algunas de las conversaciones más difíciles.
Las que mantenemos con nosotros mismos.
No cuando aparece el problema, sino cuando deja de funcionar la explicación que habíamos construido alrededor de él.
A veces surge la vergüenza.
Otras veces la culpa.
A veces una decepción profunda.
Y, en ocasiones, algo todavía más incómodo.
El asco.
Tiene mala prensa, probablemente porque solemos asociarlo a la suciedad, a lo desagradable o a aquello que rechazamos de forma inmediata.
Pero existe otra clase de asco.
Más silenciosa.
Más lenta.
Más difícil de reconocer.
La que aparece cuando algo que llevábamos demasiado tiempo justificando deja de poder sostenerse.
La que surge cuando una realidad ignorada durante años altera la forma en que miramos.
A veces al otro.
A veces a nosotros mismos.
Porque hay situaciones que no destruyen un vínculo cuando ocurren.
Lo destruyen cuando dejan de poder explicarse.
Y hay pérdidas que no nacen del conflicto.
Nacen de algo mucho más silencioso:
la desaparición progresiva de la admiración.
Quizá por eso algunas verdades no llegan como luz.
Llegan como olor.
No porque aparezcan de repente.
Sino porque llevan demasiado tiempo habitando la habitación.
Y entonces comprendemos algo incómodo.
Que aquello que ignorábamos nunca estuvo ausente.
Siempre estuvo allí.
Esperando.
Observándonos.
“Lo que no se mira no desaparece. Fermenta.”
Jose Navarro ✨












