Desde ahora, si usted quiere una mascota, asegúrese de que es ilegal y ha entrado en España en una patera.
Cómo negocio que añadir al tráfico de personas, pueden añadir el de animales. Así es más seguro conservarla, y puede que hasta le salga el veterinario gratis y le proporcionen su comida, como a todo el que entra ilegalmente, que tiene garantizada la sanidad, el sustento y el alojamiento.
No se le ocurra comprar un lorito, ni una tortuga, porque con eso del “bienestar” animal, se lo confiscarán y lo repatriarán a la selva o el país exótico de origen, sin tener en cuenta que el animalito ha vivido en cautividad siempre.
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El animalismo es como el indigenismo, un cuento lleno de fantasías buenistas que rehúye de la realidad como del agua hirviendo.
Un cuento dónde los animales tienen personalidad, recuerdan a su mamá allá en la selva de Borneo y a sus primos hermanos piando felices sobre la rama de un frondoso árbol que los abraza mimoso.
Esos animalistas que son como aquellos de la camiseta “salvem l’horta”, muy preocupados por el campo y los hortelanos. Preocupadísimos por conservar el cultivo de la lechuga desde el sofá de su piso alquilado en Ruzafa. Cuya única posesión de terreno y contacto con la tierra, empieza y acaba en el tiesto que tienen en casa, ese en el que precisamente, no hay plantado un geranio.
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El problema con los “ismos” siempre es el mismo. Se apuntan a ellos (los ismos) todo tipo de indocumentados que a la postre acaban haciendo todo lo contrario de lo que deberían hacer.
La mal llamada “ley de bienestar animal” no solo no protege a los animales, es que los pone muchas veces en peligro. Un animalito que lleva diez años en un piso de Aldaya no está preparado para sobrevivir en la selva amazónica. Probablemente el primer día será devorado por la primera araña que consiga trepar hasta él. El control sobre todo ámbito de nuestra vida de sufridos contribuyentes es el fin último de todas estas aparentes chorradas. Y cuando no es por tu bien, es por el bien de ese gatito que te llevaste a casa, ese perrito que te regaló tu primo cuando su perrita tuvo cachorros, o ese jerbo que te compraste en una tienda de animales.
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La frase “es por tu bien” o “es por su bien” o la terrible variante “es por el bien común” siempre acompañan a las peores injusticias.
¿Cuándo le ha importado al Estado nuestro bienestar? Al Estado lo único que le importa es que pagues. Lo comprobamos de primera mano el año pasado, había que “pedir” su “ayuda”.
Siempre me ha parecido incoherente tener mascotas exóticas y el hecho de que se vaya regulando su tráfico no es mala idea, pero de esto no hablamos. Hablamos de que hay gente a la que le quitan su lorito con el que ha vivido veintitrés años, hablamos de ese agapornis que le hace compañía a tu vecina de ochenta años, o ese gato sin chip (porque no te daba el sueldo) que te van a quitar al detectarlo en un veterinario colaboracionista. Hablamos de negocio y control. De prohibición. Y si esto es lo que ocurre cuando esta tropa tiene que justificar su chiringuito con “noticias” no me quiero ni imaginar lo que harán con el “negocio”. El negocio destinado a acabar con la ganadería.
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Las gallinas que andaban sueltas ahora están siendo “confinadas” porque dicen que hay “gripe aviar”. Más bien es la excusa perfecta para que paguemos cuatro euros (665,52 pesetas) por una docena de huevos.
Todas estas “modas” todos estos chiringuitos, todas estas leyes aparentemente absurdas, no lo son. Todo tiene una intención, o dos, y se resumen en control y dinero. Todo este despropósito con los animales depende ahora del Ministerio para la Transición ecológica, que parece encaminado a que volvamos a la edad media con suerte y sin suerte a las cavernas. No contentos con mangonear y hacerle la vida imposible a ganaderos y animales, ahora, con la excusa de su “bienestar”, pretenden prohibirnos las mascotas y aunque suene distópico démosle tiempo. Lo auguraba “el coronel”, en uno de sus libros de adoctrinamiento desde la supuesta disidencia.
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Estén atentos a eso de “la huella de carbono” de su perrito, su gatito o su periquito…Primero pondrán impuestos, luego multas y finalmente, el ciudadano de a pie no podrá permitirse ni tener una mascota.
Todas estas noticias sobre expropiación de loros, confiscación de tortugas y este tipo de cosas, no ocurren al azar. Van allanando el terreno a injusticias similares, pero menos selectivas. No falta mucho para que la gente deje de tener mascotas como dejó de tener hijos. Y por la misma razón. Resultará caro, resultará cada vez más complicado, y seguramente, cuando un fondo de inversión te alquile un piso, te prohibirán tener un animal. Siempre y cuando, no sea un cordero destinado a ser degollado en un polideportivo, porque entonces no hablamos de bienestar animal, hablamos de “religión”. Curiosamente, esos que hacen la vista gorda durante estas matanzas, pondrían el grito en el cielo si a la “favorita de Erzulie” se le ocurriera degollar un gallo en su garaje.
Solo hay una solución y es negarnos a este control.






