Mientras los escucho me viene a la cabeza una vieja historia.
La de la mujer del César.
Siempre me ha parecido que hemos entendido mal aquella expresión. La mayoría de las veces se cita para hablar de corrupción, escándalos o responsabilidades públicas. Sin embargo, la idea era bastante más exigente. La mujer del César debía ser honrada. Eso apenas constituía el punto de partida. Lo verdaderamente importante era que debía comportarse como alguien que no tenía nada que ocultar, porque existe una diferencia enorme entre ser inocente y vivir como quien está convencido de serlo. Lo primero puede afirmarse. Lo segundo se demuestra.
Y es ahí donde aparece una escena que se repite con frecuencia en la vida pública.
Personas que proclaman su absoluta inocencia mientras se aferran con extraordinaria intensidad a cada protección, cada demora, cada privilegio y cada resquicio legal que encuentran a su alcance. Están en su derecho. Nadie discute eso. La cuestión es otra. Si alguien está convencido de su inocencia, ¿qué teme exactamente?
Porque cuando conocemos las respuestas, las preguntas dejan de ser una amenaza. Quien sabe lo que hizo, dónde estuvo, cómo actuó y por qué tomó determinadas decisiones debería encontrar en una investigación el camino más corto para despejar cualquier duda. Debería ser el primero en facilitar información, el primero en ofrecer explicaciones y el primero en aceptar cualquier examen razonable de su conducta. No porque renuncie a sus derechos, sino porque confía plenamente en aquello que afirma.
Por eso siempre me ha resultado extraña cierta tendencia contemporánea a convertir la defensa procesal en el centro de la conversación.
Los procedimientos importan. Las garantías importan. El derecho de defensa importa. Pero ninguna de esas cuestiones responde a la pregunta verdaderamente interesante. La pregunta no es qué puede hacer una persona para protegerse. La pregunta es qué está dispuesta a hacer para sostener la coherencia entre lo que afirma y lo que hace.
La vieja historia de la mujer del César nunca trató realmente sobre tribunales. Trató sobre confianza. Sobre la diferencia entre limitarse a cumplir las exigencias mínimas y asumir voluntariamente estándares más altos. Sobre la distancia que existe entre decir «soy inocente» y comportarse como alguien que está completamente convencido de serlo.
La mujer del César no espera a que le exijan garantías. Las ofrece.
No espera a que le retiren el pasaporte. Lo deposita. No espera a que le reclamen transparencia. La practica. No porque se sienta culpable, sino precisamente porque está convencida de lo contrario.
Llevamos años escuchando hablar de la famosa zona de confort como si fuera un lugar cómodo, protegido y libre de tensiones. Sin embargo, la verdadera zona de confort es el territorio que conocemos. El lugar donde sabemos movernos porque conocemos las respuestas. Por eso una persona honrada debería sentirse extraordinariamente cómoda frente a cualquier pregunta sobre su conducta.
Las preguntas sólo resultan incómodas cuando amenazan una historia. Son extraordinariamente cómodas cuando sólo necesitan una respuesta.
La ley establece mínimos. La confianza exige bastante más. Y probablemente esa sea la enseñanza que todavía conserva aquella vieja historia. No habla de corrupción. No habla de procedimientos. Ni siquiera habla de política. Habla de coherencia. De la distancia que existe entre lo que afirmamos y aquello que estamos dispuestos a respaldar con nuestros actos.
Porque las convicciones resultan extraordinariamente baratas mientras no nos obligan a arriesgar nada. Lo verdaderamente interesante comienza cuando llega el momento de poner algo sobre la mesa. Un cargo, un privilegio, una ventaja, una comodidad. Algo. Lo que sea. Porque es ahí donde las convicciones dejan de ser palabras y empiezan a tener un precio.
Y quizá la pregunta que debería acompañar a toda persona que hoy se siente injustamente cuestionada sea extraordinariamente sencilla:
Si está tan convencida de su inocencia, ¿qué está dispuesta a apostar por ella?
Jose Navarro ★










