Últimamente nos estamos enterando de muchas cosas, lo último, la juerga en el parador de Teruel, con destrozos incluidos. Pero si esto, ya de por sí es vergonzoso, el colmo es que ocurrió mientras nos tenían en libertad condicional. Por lo visto, recogían en una furgoneta a un montón de señoritas de afecto negociable y se montaban un fiestón mientras los demás estábamos aún medio presos.
Esto ocurría mientras nos decían que el virus permanecía 72 horas sobre el metal y que, para pulsar el botón del ascensor, usáramos un palillo.
Esta juerga se la corría un “representante público” mientras a ti te vigilaban con drones por si te quitabas la mascarilla, aunque fueras solo en tu coche. Esto ocurría mientras miles de ancianos eran abandonados a su suerte en las residencias de toda España.
Esto ocurría mientras los ambulatorios estaban cerrados, mientras prácticamente cualquier servicio público teletrabajaba y te pasabas las horas muertas llamando por teléfono para conseguir una cita.
Esto ocurría mientras tú, paganini, intentabas abrir de nuevo tu negocio.
De todo lo cual, yo puedo deducir que nos tomaron el pelo a base de bien. En la televisión nos aconsejaban cenar en Nochebuena con un abrigo y las ventanas de par en par. Con mascarillas y distancia de dos metros. Pero amontonar a unas quince señoritas en una furgoneta y abarrotar una habitación en un parador, si eras un político, no entrañaba peligro alguno.
Solo faltó que nos impusieran la norma de esperar a la pata coja en los pasos de cebra. Las ocurrencias, las ideas “peregrinas” sin ninguna base científica proliferaban porque, entre otras muchas cosas, había que justificar, por ejemplo, la importación de mascarillas y el negocio de algunos.
La memoria es corta, pero a más de un político lo pillaron de juerga en España y en el extranjero.
O eran unos temerarios o sabían que se estaba exagerando en muchas cosas. Solo hay que hacer la comparación. Cómo te vigilaba papá Estado durante la pandemia y como ese mismo papá te deja tirado como a una colilla cuando hay una catástrofe de verdad. En L’Horta Sud no había aplausos en los balcones. Durante los primeros días ver un militar era como ver un unicornio. Casi cinco años después, en vez de la “almendra” de Fernando Simón tuvimos las broncas de Margarita. Entre las muchas aberraciones que tuvimos que escuchar en noviembre, hubo unas declaraciones en las que un miembro del gobierno “progresista” nos aseguraba que “convivir con un cadáver unos días no era nada perjudicial”. Pasamos de ver cómo en 2020 llegaba el apocalipsis “griposo” a ver cómo una catástrofe de dimensiones bíblicas era minimizada y olvidada en un mes.
Hemos tardado cinco años en enterarnos de la juerga de Teruel, pero me da la impresión de que seguramente no fue ni la primera ni la última.
De hecho, en esa ocasión, acudía a una visita institucional “para supervisar” las obras de mejora del ferrocarril de la línea Zaragoza-Teruel-Sagunto. Siendo una visita institucional ya sabemos quién pagaba, al menos en parte. Lo de la factura del Parador, rechazada por el Ministerio de Transportes, era una factura, pero no creo yo que las señoritas le hicieran una. Al Parador de Teruel no le pagaron, quizá a las chicas tampoco.
La opacidad de este tipo de cosas, el que tengan que pasar cinco años para que esto se sepa, da mucho que pensar. ¿No hay control de ningún tipo? Todo apunta a que no. Porque, desde el momento en que el Ministerio de Transportes recibe esa factura, deberían haber saltado todas las alarmas.
Un ministerio no es el cortijo del ministro de turno. Eso es algo que algunos no tienen claro. En cuanto a Paradores de Turismo de España S.A., su “discreción” con el incidente no es nada de lo que enorgullecerse. Deberían haber sido los primeros en denunciarlo y, sin embargo, siguen sin hacer ningún tipo de declaración. La ley del silencio.












