La educación en España atraviesa una de sus etapas más preocupantes. Las sucesivas reformas educativas, lejos de buscar una mejora real del sistema, se han convertido en instrumentos de ingeniería social al servicio del poder político de turno. La última, promovida bajo el pretexto de la inclusión y la modernización, ha supuesto un nuevo golpe a los pilares fundamentales de una educación de calidad: el esfuerzo, la exigencia y el mérito.
Hoy, los alumnos aprueban con faltas de ortografía, sin conocimientos básicos y sin necesidad de esforzarse. El objetivo ya no es formar ciudadanos preparados, sino moldear mentes dóciles y políticamente correctas. La excelencia ha pasado a ser vista como elitismo, y la autoridad del profesor, como una rémora del pasado. Así, la escuela ha dejado de ser un espacio de transmisión del conocimiento para convertirse en una plataforma de adoctrinamiento ideológico.
Sin exigencia, no hay libertad; sin conocimiento, no hay democracia
Mientras se discute sobre si incluir una asignatura de diversidad afectivo-sexual en primaria, los informes internacionales alertan del desplome del nivel en matemáticas, comprensión lectora y ciencias. ¿Cuál es la prioridad real del sistema educativo?
La solución no pasa por más leyes ni más gasto, sino por recuperar el sentido común: reforzar el papel del profesor, exigir al alumno, involucrar a los padres y garantizar que quien se esfuerza obtiene resultados. España no puede permitirse seguir produciendo generaciones sin herramientas para competir en un mundo globalizado, por mucho que eso encaje en ciertas agendas ideológicas.






