España vive instalada en la normalización del endeudamiento, como si fuera una herramienta sin consecuencias. Sin embargo, la deuda pública supera ya el 110% del PIB y no deja de crecer. Cada decisión política que implica más gasto, más subsidios o más estructuras innecesarias se financia con dinero que no existe.
El problema no es solo económico, es moral y generacional: estamos condenando a las próximas décadas a pagar por los excesos de hoy. Mientras se reparten ayudas como si fueran caramelos, se ignora la realidad: ese dinero no es gratis.
El Estado no puede ser un cajero automático
La idea de que el Estado debe intervenir en todo —desde el alquiler hasta el ocio— está alimentando un modelo de país que depende más del BOE que del esfuerzo. Pero lo que se promete hoy con fines electoralistas, se traduce mañana en más deuda, más impuestos y menos libertad.
Reducir la deuda no es una obsesión neoliberal, como algunos quieren vender, sino una necesidad de responsabilidad política. No podemos seguir actuando como si el déficit no importase. Porque cuando llegue la factura —y llegará—, será demasiado tarde.






