El tiempo lo cura todo, pero no lo perdona. Crecemos escuchando que, tarde o temprano, las cosas acaban encontrando su lugar, como si el universo tuviera un guión secreto en el que todo se ordena sin que intervengamos. “Sé buena y te irá bien”, nos repetían, como si la bondad fuese un imán infalible. Una especie de ley de atracción doméstica, cómoda y esperanzadora, diseñada para que confiemos en que basta con portarse bien para que el mundo responda en consecuencia. No pretendo sonar pesimista, así que me concedo un margen de duda: quizás.
Quizás creemos en el karma porque nos tranquiliza pensar que cada cual recibirá lo que merece. Lo mismo ocurre con la idea del destino o del amor predestinado: dos personas que se encuentran porque “estaba escrito”, aunque nadie pueda demostrarlo. Y luego está ese “que sea lo que Dios quiera” que hemos oído antes de un examen, una operación o un giro brusco de la vida. Tres maneras distintas y profundamente humanas de intentar ceder el volante.
En el fondo, buscamos certezas para apuntalar nuestra frágil confianza. Necesitamos pensar que todo saldrá bien aun sabiendo que la realidad no firma ese contrato. Porque si aseguramos a los niños que las personas buenas reciben cosas buenas, ¿cómo explicamos a los inocentes que mueren en guerras que no eligieron? ¿Y qué hacemos con quienes nacen con una cucharilla de plata y caminan por el mundo con una soberbia heredada?
Al final, ser bueno debería tener valor por sí mismo, no funcionar como una moneda espiritual con la que esperamos comprar buena fortuna. La ética no es un talonario: es una elección consciente, íntima y, a veces, incómoda. Y conviene no envenenar esa pequeña región del cerebro que nos empuja hacia la empatía, la que nos recuerda que el mundo se sostiene, aunque sea por los bordes, gracias a quienes aún la practican.
Pero ser bueno no es ser dócil. La bondad no exige convertirse en alfombra ni pagar con cansancio lo que otros cobran en ego. La bondad, bien entendida, también sabe cerrar la puerta.
Ser bueno, en definitiva, es no traicionarse a uno mismo. Y ese es quizá el único destino que realmente está escrito: el que decidimos cada día cuando elegimos cómo queremos ser, incluso cuando nadie nos mira.
Como dijo Abraham Lincoln: «Cuando hago el bien, me siento bien; cuando hago el mal, me siento mal, y esa es mi religión».










