El resultado electoral de Extremadura es la antesala de lo que todo apunta será una auténtica sangría para el PSOE.
La responsabilidad no puede recaer únicamente en Miguel Ángel Gallardo, sino que es compartida entre todos aquellos que siguen reconociendo a Pedro Sánchez como su líder.
Sin embargo, esto no ha sido suficiente para que el PSOE haga autocrítica profunda. Al menos, de momento. Los numerosos casos de corrupción que han ido saliendo a la luz en los últimos meses —Koldo, Ábalos, Hidrocarburos, Leire Díez, Air Europa, Begoña, el hermano de Sánchez, así como la acumulación creciente de denuncias por abusos sexuales a cargos del PSOE— no han provocado ninguna reflexión interna seria.
Pero, además de los escándalos, si entramos a valorar la gestión que está llevando a cabo el Gobierno de la nación, el balance es aún más desolador: no hay gestión alguna que evaluar.
Nos encontramos ante un momento especialmente difícil de nuestra historia, en el que los jóvenes cada vez nos independizamos más tarde, superando los 30 años, mientras que en Europa la media ronda los 26. Al mismo tiempo, las calles son cada vez más inseguras debido al aumento de la delincuencia en determinadas zonas de España. Y, mientras tanto, el Gobierno no soluciona, no gestiona y se dedica a escurrir el bulto ante la corrupción sistémica en la que está envuelto.
Estamos, en definitiva, ante una legislatura en la que el Gobierno no gobierna, sino que bloquea; no legisla para proteger, sino para desproteger —como demuestra la ley del “solo sí es sí”— y, sobre todo, dedica la mayor parte de su tiempo a defenderse de la corrupción que le rodea, en lugar de trabajar para solucionar, o al menos paliar, los problemas reales de los ciudadanos.
Frente a este escenario, la única salida pasa por recuperar la política útil: gestión, responsabilidad y un compromiso real con los problemas cotidianos de los ciudadanos.







