En el artículo anterior dejamos una pregunta pendiente: ¿qué estamos dispuestos a corregir cuando el territorio demuestra que nuestros mapas ya no lo describen?
No era una pregunta sobre cartografía. Tampoco sobre inteligencia, conocimientos o capacidad de análisis. Era una pregunta mucho más incómoda: qué protegemos cuando la realidad empieza a llevarnos la contraria.
Porque todos necesitamos orientarnos. Necesitamos comprender lo que sucede a nuestro alrededor, comprender a quienes queremos y a quienes no, y comprendernos también a nosotros mismos.
Para eso construimos explicaciones. Algunas de un modo consciente; otras, sin apenas advertirlo. Algunas sabiendo que son provisionales. Otras llevan tanto tiempo con nosotros que han terminado pareciéndose demasiado a nuestra identidad.
Mientras esas explicaciones nos ayudan a comprender, cumplen bien su función. El problema aparece cuando dejamos de utilizarlas para mirar mejor el territorio y empezamos a utilizarlas para sustituirlo.
Y eso resulta especialmente difícil cuando el territorio tiene rostro. Cuando es nuestra pareja, nuestro padre, nuestro hijo, un amigo, un compañero de trabajo o nosotros mismos.
Hay un momento casi imperceptible en muchas conversaciones. Al principio observamos. Escuchamos. Intentamos comprender lo que la otra persona quiere decir. Después empezamos a interpretar. Y, casi sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos qué está ocurriendo para empezar a convencernos de que ya sabemos quién tenemos delante.
A partir de ahí seguimos observando. Seguimos preguntando. Pero ya no lo hacemos para comprender. Ya no buscamos información. Sólo necesitamos pruebas. Pruebas que sostengan la conclusión a la que ya habíamos llegado. Cada gesto parece confirmarla. Cada silencio también. Cada palabra encuentra el lugar que nuestra explicación ya le había reservado.
Eso ocurre en una discusión de pareja, en una comida familiar, en una reunión de trabajo o en una conversación política. Y, quizá con más frecuencia de la que imaginamos, también ocurre cuando nos observamos a nosotros mismos.
Hay etiquetas que colocamos sobre los demás. Y otras con las que acabamos describiéndonos a nosotros mismos: «Siempre hace lo mismo». «No cambiará nunca». «Yo soy así».
Las explicaciones nacen para ayudarnos a comprender. El problema aparece cuando dejan de ser provisionales y empiezan a presentarse como verdades definitivas. Entonces cualquier dato nuevo deja de parecer información y empieza a parecer una amenaza.
No porque seamos malas personas, sino porque necesitamos sentir que nuestro mundo tiene sentido. Toda explicación también ofrece un lugar donde descansar, y resulta profundamente humano querer permanecer un poco más en él. Volver a recorrer el territorio exige mucho más esfuerzo que quedarse viviendo dentro de una conclusión conocida.
Quizá ahí empiecen a separarse dos maneras muy distintas de recorrer el mismo territorio: una sigue observando; la otra empieza a vigilar. Una pregunta para descubrir; la otra pregunta para confirmar. Una utiliza sus conclusiones como estaciones de paso; la otra las convierte en destino final.
El examinador protege la posibilidad de seguir comprendiendo. Acepta volver a mirar, volver a preguntar y volver a corregir su explicación cuando el territorio ya no coincide con ella.
El condenador protege la tranquilidad de una conclusión alcanzada. Necesita que una interpretación del pasado siga teniendo razón. En el fondo, busca poder descansar en ella, como si quisiera dormir en una habitación donde el pasado ya tuviera todas las respuestas.
El condenador no deja de observar porque haya encontrado una respuesta. Lo hace cuando ya no contempla la posibilidad de estar equivocado.
El examinador, en cambio, sabe que comprender nunca consiste en llegar primero. Consiste en conservar la disposición de volver: volver al territorio, volver a observar y volver a aprender.
Y todos, antes o después, transitamos por ambos lugares. Porque todos necesitamos explicaciones.
Lo difícil no es construirlas. Lo difícil es corregirlas cuando la realidad deja de parecerse a ellas.
Toda conclusión ofrece descanso. Comprender exige volver a ponerse en camino.
Tal vez por eso toda condena empieza cuando creemos que ya no queda nada por aprender.
Y quizá, mientras terminas de leer estas líneas, sólo quede una pregunta: ¿cuál de tus explicaciones lleva demasiado tiempo sin volver al territorio?
Si algún día decides volver a recorrerlo, quizá descubras que el viaje no consistía sólo en mirar el territorio, sino también en prestar atención al lugar desde el que lo estabas mirando.
Pero ése… ya será otro camino.
Jose Navarro









