Cuando pensamos en Roma, levantamos la mirada. Vemos cascos, estandartes, generales a caballo. Recordamos el gladius, el pilum, las legiones y aquel derecho que sobrevivió al imperio. Casi nunca miramos los pies.
Y, sin embargo, antes de conquistar una ciudad había que llegar hasta ella.
Entre las herramientas de aquella expansión estaban las caligae: un calzado militar de cuero, con suelas claveteadas, preparado para soportar largas marchas. A ras de suelo, entre el barro y el polvo, también se escribía la historia.
El penacho impresionaba. La suela soportaba el peso.
Esa imagen me acompaña desde que vi un vídeo sobre aquel calzado. Nos ponemos el casco con su penacho para que sepan quiénes somos. Nos ajustamos las humildes caligae para conseguir llegar adonde queremos.
El penacho nos anuncia. Las caligae nos llevan.
Roma necesitó mucho más que sandalias para extender su dominio. Pero sus legiones recorrieron el mundo sobre las suelas, no sobre los penachos. También nosotros necesitamos algo más que pensar que podemos, decir que sabemos o anunciar que iremos. Llegamos porque nos ponemos en marcha y nos procuramos los medios para recorrer la distancia. El penacho muestra a los demás nuestra posición. Las sandalias cuentan el camino que hemos recorrido y nos permiten seguir.
En el grupo familiar alguien escribe: «Tenemos que vernos más». Aparecen corazones, aplausos, algún «¡Totalmente!». Durante unos minutos parece que ya estamos más cerca.
Después alguien propone un domingo, reserva una mesa, organiza quién recoge a la tía que ya no conduce y llama a quien nunca contesta en el grupo. La reunión empieza a existir.
«Tenemos que vernos más» era el penacho. La fecha, las llamadas y los preparativos eran las caligae.
Cuántas veces sentimos que ya hemos hecho nuestra parte porque hemos expresado lo mucho que nos importa algo. Decimos «puedes contar conmigo»; luego hay que encontrar el rato para acompañar. Anunciamos que queremos aprender; después toca sentarse a estudiar cuando el entusiasmo inicial se ha ido a otra parte.
Hay una eficacia humilde en esas acciones. Suelen tener poco público y bastante repetición. Sin ellas, nuestras mejores intenciones se quedan esperando junto a la puerta.

Lo pienso mientras escucho a Barbra Streisand cantar The Way We Were. A estas alturas de mi vida, distingo mejor entre todo lo que anuncié y el recorrido que finalmente he hecho.
Mi vida no es lo que soñé, ni aquello para lo que se suponía que tenía talento. Tampoco es lo que me prometí, lo que anuncié o aquello con lo que amenacé. Sencilla y llanamente, es lo que hice y lo que estoy haciendo en este mismo momento.
Mis sueños forman parte de mí. Algunos me pusieron en marcha; otros siguen esperando. Pero hay personas que recibieron mi ayuda, palabras que pronuncié, decisiones que tuvieron consecuencias. Eso ha ocurrido. Ahí están las huellas.
Hubo caminos que elegí y otros que las circunstancias me obligaron a recorrer. Pasos que me costaron mucho y que nadie vio. También ocasiones en las que me quedé quieto, esperando que mis intenciones hicieran el trayecto por mí.
Tampoco todos hemos encontrado el mismo terreno ni hemos dispuesto del mismo calzado. Hay cuestas que exigen ayuda y momentos en los que descansar permite continuar. Me interesa reconocer mi recorrido con algo de honestidad, mientras aún puedo decidir el siguiente paso.
Mientras escribo estas líneas también he tenido que quitarme el casco. Una primera versión me gustaba mucho, pero una objeción certera me obligó a reconocer que la metáfora y lo que contaba caminaban por sitios distintos. Tocó soltar alguna frase bonita, escuchar y volver a escribir.
Yo estoy escribiendo estas líneas. Quizá tú también hayas reconocido algo tuyo en ellas. Mientras tanto, esta vía se ha ido haciendo más ancha y amable bajo nuestros pies.
Este rato también forma parte de mi vida. De la que estoy haciendo.
Al mirar atrás, puedo entretenerme recordando los penachos que quise lucir. Pero son las sandalias las que guardan el desgaste del camino que hice. Con ellas he llegado hasta aquí. Y todavía me sirven para seguir.
El penacho nos anuncia. Las caligae nos llevan.











