Cada 1 de diciembre, el calendario nos recuerda una realidad que demasiadas veces preferimos no mirar de frente: el VIH sigue existiendo.
El Día Mundial del Sida, promovido desde 1988, nació para visibilizar una de las mayores crisis sanitarias de nuestro tiempo. Han pasado más de tres décadas; los avances médicos han sido extraordinarios, pero la lucha social, la de los prejuicios y la discriminación, sigue lejos de estar ganada.
Conviene, además, diferenciar con claridad dos conceptos que a menudo se confunden.
El VIH es el virus de la inmunodeficiencia humana, es decir, la infección. El sida, en cambio, es la fase más avanzada de esa infección, cuando el sistema inmunitario está gravemente dañado. No todas las personas con VIH desarrollan sida, y gracias a los tratamientos actuales, la inmensa mayoría no llega nunca a esa fase. Esta distinción, básica desde el punto de vista médico, también es esencial para combatir el miedo, la desinformación y el estigma.
Hoy el VIH ya no es, en la mayoría de los casos, una sentencia de muerte.
Los tratamientos antirretrovirales permiten cronificar la infección y llevar una vida larga y plenamente integrada en la sociedad. Sin embargo, el virus sigue presente, los diagnósticos tardíos continúan produciéndose y, lo que es más grave, el estigma sigue acompañando a miles de personas en silencio. Porque el VIH no solo afecta a la salud física; cuando existe rechazo social, también hiere la dignidad.
Durante muchos años, el miedo al contagio se impuso sobre el conocimiento científico. Hubo un antes y un después en la lucha simbólica contra ese pánico social en 1987, cuando Diana de Gales estrechó la mano, sin guantes, a un paciente con sida en un hospital londinense. Aquel gesto, sencillo y profundamente humano, recorrió el mundo. Fue una imagen poderosa que desmontó, sin palabras, uno de los mayores mitos de la época: que el sida se contagiaba por el simple contacto. Aquella mano tendida se convirtió en una de las primeras piedras contra el muro del estigma. Han pasado casi cuarenta años desde entonces, y, sin embargo, aún hoy siguen siendo necesarios gestos así.
La serofobia —la discriminación hacia las personas con VIH— sigue manifestándose en el ámbito laboral, en el acceso a la vivienda, en la sanidad, en el entorno educativo y, en demasiadas ocasiones, en la propia vida personal. Aún hoy hay quien oculta su diagnóstico por miedo a perder su empleo, a ser señalado o aislado. Ese miedo es un obstáculo directo para la prevención, el diagnóstico precoz y el tratamiento.
En 2019, durante mi etapa como diputado en Les Corts Valencianes, impulsé la propuesta de un pacto valenciano contra los prejuicios del VIH, que se convirtió en realidad en 2020.
Aquel acuerdo tenía como objetivo avanzar en la igualdad de trato, combatir la discriminación y promover una sociedad más informada y más justa. Fue un paso importante. Pero también debe decirse con claridad: un pacto por sí solo no cambia las mentalidades ni erradica estigmas que llevan décadas arraigados.
Las leyes y los acuerdos son necesarios, pero no suficientes. La realidad social avanza más despacio que los textos oficiales. Los prejuicios no se derogan en un boletín; se combaten con educación, con información rigurosa, con recursos públicos y con políticas sostenidas en el tiempo.
Hoy sabemos con certeza científica que una persona con VIH en tratamiento eficaz no transmite el virus. Y, sin embargo, ese mensaje aún no ha calado con la fuerza necesaria. Seguimos viendo cómo la desinformación ocupa el espacio que debería ocupar la ciencia. Seguimos permitiendo que el miedo sustituya al conocimiento.
Por eso, este Día Mundial del Sida y del VIH debe servirnos para algo más que para pronunciar discursos, posar en fotografías o llenar agendas de actos institucionales.
Menos fotos, menos gestos simbólicos y muchos más recursos para inversión, prevención y formación. Eso es lo que realmente transforma la realidad.
Hace falta una apuesta decidida por la educación sexual en todas las etapas, por campañas de sensibilización continuas, por el acceso universal a las pruebas diagnósticas, por el apoyo psicológico y social y por la protección efectiva frente a la discriminación laboral. Hace falta también escuchar a las personas que viven con VIH, darles voz y dejar de convertirlas en invisibles.
Conmemorar el Día Mundial del Sida no debe ser un ejercicio de memoria simbólica, sino un acto de responsabilidad presente. Sabemos mucho más que hace treinta años. Tenemos herramientas que antes eran impensables. Lo que no podemos permitirnos es que el estigma avance más rápido que la ciencia.
La lucha contra el VIH no es solo sanitaria: es una lucha por la dignidad, por la igualdad y por los derechos. Y esa lucha solo se gana con hechos, no solo con palabras.
- Jesús Salmerón Berga, Abogado y Alcalde de Gátova por el Partido Popular.






