Ser alcalde de un pueblo pequeño te enseña una verdad que, con los años, vale más que cualquier consigna de partido: que los colores no asfaltan caminos, no reparan cañerías, ni escuchan las preocupaciones de quien se cruza contigo en la calle. Los que lo hacen son las personas. Y cuando tienes la suerte —y también la responsabilidad— de gobernar un municipio como Gátova, te das cuenta de que la política solo tiene sentido si puedes ejercerla con las manos libres, sin deberte a los jefes de siglas, sino a tus vecinos.
- Durante demasiado tiempo, la política se ha entendido como una cadena de mando vertical.
Desde arriba se decide qué se hace, qué se dice y hasta qué se piensa. Pero en los pueblos, esa jerarquía se desdibuja. Aquí las decisiones no se toman en despachos lejanos ni se miden en votos, sino en miradas, en saludos, en la confianza cotidiana de quien sabe que, si algo va mal, puede tocarte la puerta del Ayuntamiento o la del bar y decírtelo directamente. Y eso exige algo esencial: libertad.
La libertad de poder decir “no” cuando una instrucción partidista no encaja con la realidad de tu pueblo. La libertad de apoyar una iniciativa que beneficia a tus vecinos aunque venga de otro color político. La libertad de gobernar desde la coherencia, no desde el cálculo.
Esa es, para mí, la verdadera independencia: la que te permite servir a la gente sin miedo a desagradar a los que solo miran encuestas o estrategias electorales.
Soy alcalde de Gátova y, sí, también milito en el Partido Popular.
Pero ante todo soy vecino de mi pueblo, hijo de esta tierra y servidor de quienes viven aquí, piensen como piensen. Y eso no es un eslogan: es una forma de entender el poder local. Porque en los municipios pequeños no hay margen para la impostura. Si haces las cosas bien, tus vecinos te lo agradecen; si te equivocas, te lo dicen sin rodeos. No necesitas asesores para saber cómo va la temperatura social: la notas en la plaza, en el supermercado o en la cola del médico. Por eso, la política municipal solo funciona cuando se ejerce con las manos libres.
Las manos libres para escuchar antes de decidir.
Las manos libres para reconocer que una idea buena lo es, venga de quien venga.
Las manos libres para no convertir cada decisión en una batalla partidista.
Y, sobre todo, las manos libres para poner el nombre del pueblo por encima de las siglas.
- En Gátova, cada euro que invertimos, cada proyecto que impulsamos, cada mejora que negociamos con otras administraciones se hace pensando en los vecinos, no en los titulares.
Hemos conseguido subvenciones de la Generalitat, de la Diputación, de Europa y del Gobierno de España, administraciones gobernadas por partidos mi partido y también por otros, porque cuando vas con los deberes hechos y con la humildad de quien representa a un municipio entero, la ideología pasa a un segundo plano. Lo importante no es de quién venga la ayuda, sino que llegue. Esa es la política que quiero representar: la política útil, la de la cooperación frente al enfrentamiento.
- Muchos hablan de regenerar la política, pero pocos entienden que regenerarla empieza por no tener miedo a pensar por uno mismo.
Cuando un alcalde se convierte en mero transmisor de consignas, su pueblo pierde voz. Por el contrario, cuando defiende lo que considera justo, aunque eso le genere incomodidad interna, gana respeto. A mí me interesa más el respeto de mis vecinos que la complacencia de mis superiores. Porque cuando termine mi etapa política, seguiré viviendo aquí, caminando por las mismas calles, mirando a los ojos a la misma gente.
La política de manos libres no es cómoda.
A veces te deja solo. A veces te exige explicar por qué no seguiste la “línea oficial”. Pero también te da algo que ningún cargo o foto puede darte: la tranquilidad de conciencia. Saber que hiciste lo que creías mejor para los tuyos. Y en los pueblos, “los tuyos” son todos: los que te votaron y los que no, los que te critican y los que te apoyan, los que confían en ti y los que aún te observan con escepticismo.
Quizá algún día la política nacional entienda lo que en los pueblos ya sabemos: que gobernar no es obedecer, sino servir; que liderar no es imponer, sino escuchar; que los proyectos más sólidos son los que nacen del sentido común, no de los argumentarios.
En definitiva, tener las manos libres no significa actuar sin principios, sino justo lo contrario: actuar con el único principio que nunca debería negociarse, el del compromiso con tus vecinos. Ellos son quienes pagan los impuestos, quienes mantienen vivo el pueblo y quienes dan sentido a tu trabajo. A ellos me debo. No a las órdenes que bajan desde arriba ni a las estrategias que cambian cada temporada.
- Ser alcalde no es un trampolín, es una responsabilidad.
Y en Gátova, esa responsabilidad se traduce en mirar al futuro con independencia, con diálogo y con la convicción de que la política local debe ser el último refugio del sentido común. Porque aquí las decisiones se notan de verdad, y no hay mejor rendición de cuentas que la mirada directa de quien te dice: “Gracias por escucharme”.
Por eso quiero seguir siendo un alcalde con las manos libres.
Porque solo así puedo seguir dándolas, una a una, a mis vecinos.
Por Jesús Salmerón Berga, alcalde de Gátova.












