La política autonómica suele vivirse desde una altura que rara vez coincide con el suelo que pisan los vecinos. Desde Valencia se diseñan estrategias, planes y discursos que pretenden abarcar toda la Comunitat, pero la realidad es que buena parte del territorio late al ritmo de sus pueblos pequeños. Por eso, esta nueva etapa política en la Generalitat Valenciana presenta una oportunidad singular: el nuevo President, Pérez Llorca, ha sido alcalde, y eso lo cambia todo. Él ha vivido lo que vivimos quienes gobernamos municipios pequeños. Él sabe qué significa tener más necesidades que recursos, más urgencias que personal, más responsabilidades que manos.
Gobernar una comunidad autónoma es complejo, pero gobernar un ayuntamiento pequeño lo es aún más, y quien ha sido alcalde lo sabe perfectamente.
En los pueblos no existen departamentos de veinte personas, ni gabinetes técnicos especializados, ni oficinas sectoriales para cada ámbito. Existe, en muchos casos, un equipo reducido que multiplica esfuerzos para que todo funcione: desde el alumbrado público hasta las fiestas, desde las ayudas sociales hasta la limpieza viaria.
En los pueblos, además, la política no es un concepto: es un vecino que te para en la calle, una familia que necesita una solución urgente, un camino que hay que arreglar aunque no haya partida suficiente, un depósito de agua que no puede fallar, un colegio que requiere atención inmediata. Quien ha sido alcalde conoce esa presión directa, inmediata, personal. No se puede teorizar sobre municipalismo sin haberlo sentido en la piel. Y el nuevo President sí lo ha sentido.
Por eso ahora es más necesario que nunca tender puentes reales entre la Generalitat y los ayuntamientos, no desde la retórica institucional, sino desde la empatía que solo se adquiere habiendo estado en la trinchera municipal.
Si alguien puede comprender que un pueblo pequeño tiene las mismas necesidades que una gran ciudad —pero con la mitad o la décima parte de medios— es precisamente quien ha ejercido de alcalde.
En mi caso, yo firmé un compromiso de cuatro años con mis vecinos de Gátova. Un compromiso que no se diluye en discursos ni en slogans. Es un compromiso diario, tangible: cuando un vecino te llama por un problema con el agua, cuando una asociación te pide apoyo para sostener una actividad cultural, cuando urge resolver una incidencia aunque sea domingo. En los pueblos, no hay distancia entre la alcaldía y la ciudadanía: todo es inmediato, todo es personal.
Por eso resulta tan evidente una verdad que, sin embargo, se olvida demasiado a menudo: no se puede gobernar la Comunitat de espaldas a los pueblos pequeños. No se puede mirar únicamente a los votos que suman las grandes ciudades. La vida real de la Comunitat Valenciana se construye también en los municipios de pocos cientos de habitantes, donde cada servicio cuesta más, donde cada proyecto requiere un esfuerzo multiplicado y donde cada logro se celebra como una victoria colectiva.
A menudo se dice que “un pueblo pequeño no pone ni quita a un president”. Puede que un pueblo no, pero muchos juntos sí.
Y además hay un elemento político decisivo: hablando de pueblos pequeños, las lealtades no se compran con discursos ni con siglas. Se construyen con respeto institucional, con cercanía, con coherencia. Se rompen con los desplantes, con las decisiones tomadas sin escuchar, con la desatención a los problemas reales, con los “feos” que después se pagan en las urnas. Y los pagan los alcaldes, sí, pero también los pagan los partidos.
Aquí no importa si el alcalde es del Partido Popular, del PSOE o de una fuerza local. En el municipalismo real, el color político desaparece cuando la necesidad es urgente. Un camino que se arregla beneficia a todos. Un colegio que recibe apoyo mejora la vida de todos. Un servicio de agua estable no entiende de ideologías. El territorio se sostiene gracias a alcaldes y alcaldesas que se dejan la piel cada día, gobiernen bajo las siglas que gobiernen.
Por eso, esta nueva etapa debe convertirse en una oportunidad histórica: la oportunidad de que un President que conoce el municipalismo desde dentro lidere una Generalitat que trate a los pueblos pequeños como lo que son: esenciales para la Comunitat Valenciana. Sin paternalismos, sin silencios, sin desigualdades encubiertas.
Los pueblos no piden privilegios. Piden equidad. Piden ser escuchados.
Piden que la Generalitat recuerde que la fuerza política de esta tierra no nace solo en las capitales, sino en la suma de todas sus pequeñas comunidades, esas que mantienen vivo el territorio, la identidad y la cohesión.
Los pueblos, cuando se sienten respetados, responden. Y cuando se sienten ignorados, también.
Ahora toca elegir de qué lado queremos estar.








