«Ni la mano desnuda ni el entendimiento abandonado a sí mismo pueden mucho. La obra se realiza mediante instrumentos y ayudas, tan necesarios para el entendimiento como para la mano.»
Francis Bacon, Novum Organum (1620)
Un día, hace muchísimo tiempo, alguien cogió un palo. No sabemos quién fue, qué pretendía hacer con él ni si había otro individuo cerca recomendándole prudencia, pero aquel gesto contenía buena parte de nuestra historia. Su brazo no llegaba y el palo sí. Así de sencillo. Probablemente la tecnología empezó mucho antes de que inventáramos la palabra tecnología.
Después debimos de mirar nuestros pies. Eran razonablemente buenos, pero tenían la desagradable costumbre de cortarse, quemarse y congelarse. Los envolvimos primero con lo que encontramos y acabamos inventando el zapato. Nadie organizó una conferencia internacional sobre el riesgo existencial de la sandalia, aunque aquella humilde prótesis modificaba nuestra relación con el territorio: podíamos caminar por donde antes dolía. El pie continuaba siendo el mismo; lo que había cambiado era hasta dónde podía llevarnos.
También debimos de cansarnos de esperar que la naturaleza hubiera colocado una cueva precisamente donde queríamos vivir. Fabricamos ladrillos. Uno solo no impresiona demasiado; unos cuantos miles pueden convertirse en una casa, una muralla, una catedral o un adosado con columnas dóricas de PVC. El ladrillo no mejoró al ser humano, pero le permitió discutirle el paisaje a la geología. La herramienta ampliaba nuestras posibilidades; el buen gusto continuaba siendo responsabilidad del usuario.
Y seguimos. Hubo agujas porque nuestros dedos eran demasiado torpes para atravesar una piel con precisión; gafas porque nuestros ojos empezaban a incumplir el contrato; cucharas porque llevarse sopa a la boca con las manos resultaba mejorable. Inventamos paraguas porque, después de millones de años de evolución, continuábamos mojándonos cuando llovía y, en algún momento, alguien decidió que tampoco le bastaba con extender pintura mediante un pincel e inventó el aerógrafo. No servía para conquistar imperios ni para alimentar una familia; permitía algo aparentemente mucho menos trascendente: conseguir un acabado que la mano desnuda no podía producir.
Tal vez ahí se encuentre una parte de nuestra historia que solemos contar mal. Las herramientas no nacieron únicamente porque fuéramos débiles, sino también porque somos una especie con una extraña resistencia a aceptar sus propios límites. No llegamos: alargamos. Nos cortamos: protegemos. No vemos: corregimos. No podemos: inventamos. Podemos, pero regular: perfeccionamos.
Pero en algún momento aquello dejó de bastarnos. Ya no queríamos solamente una herramienta que hiciera algo con nosotros. Empezamos a preguntarnos si podríamos construir algo que lo hiciera por nosotros.
En 1770, Wolfgang von Kempelen presentó un prodigio: un autómata vestido a la manera oriental capaz, aparentemente, de jugar al ajedrez. El Turco recorrió durante décadas Europa y América enfrentándose a jugadores humanos y alimentando la fascinación por una máquina que parecía competir con nuestro intelecto. Había un pequeño inconveniente: dentro se escondía una persona que manejaba el mecanismo. Mucho antes de conseguir que una máquina jugara al ajedrez, ya habíamos conseguido que pareciera hacerlo. El fraude terminó descubriéndose. La obsesión, no.
Seguimos construyendo mecanismos capaces de ejecutar movimientos, trabajos y cálculos sin nuestras manos y desarrollamos una curiosa afición por enfrentarlos precisamente a aquello de lo que nos sentíamos más orgullosos. Conseguimos que levantaran más peso, se desplazaran más deprisa y calcularan mejor. Después quisimos que jugaran. Cada vez que una máquina alcanzaba o superaba alguna capacidad humana, desplazábamos discretamente la frontera y decidíamos que, bien pensado, aquello tampoco era lo que verdaderamente nos hacía especiales.
Décadas después llegamos incluso a construir máquinas para enfrentarnos a otras máquinas. Enigma convertía un mensaje humano en algo prácticamente inabarcable para otro ser humano; respondimos construyendo dispositivos que multiplicaban nuestra capacidad para descifrarlo.
Mientras tanto, seguíamos sacando capacidades fuera del cuerpo. La escritura puso memoria sobre el papel, la calculadora se quedó con algunas operaciones y el GPS terminó discutiendo por nosotros sobre la última rotonda.
Cada herramienta que desplaza un límite termina descubriendo el siguiente. Quizá por eso algunas invenciones, vistas con suficiente distancia, adquieren cierto aire de inevitabilidad: no porque estuvieran escritas de antemano, sino porque cada capacidad nueva acaba revelándonos una insuficiencia nueva.
Hasta que las dos historias terminaron encontrándose dentro de una caja de diálogo.
Escribimos en ella lo que queremos saber, comparar, resumir, traducir, dibujar, programar o redactar; algunas veces también aquello sobre lo que queremos pensar. Y la caja responde. La llamamos inteligencia artificial, quizá porque «última herramienta que hemos inventado para corregir otra de nuestras insuficiencias» resultaba poco comercial.
No hay nada nuevo en sacar capacidades fuera del cráneo, ni tampoco en intentar que una máquina haga parte de nuestro trabajo. La pequeña rareza de esta caja es que puede desempeñar ambos papeles: puede ser prótesis y autómata. Un aerógrafo no pinta solo; necesita una mano, una intención y alguien que decida dónde termina el azul y comienza el blanco. El viejo Turco pretendía hacer exactamente lo contrario: convencernos de que no necesitaba a nadie, aunque llevara escondido un hombre dentro. La inteligencia artificial cabe extrañamente entre ambos.
Puede ayudarnos a buscar, comparar, relacionar, discutir una idea, encontrar una grieta y volver a empezar.
También puede recibir una orden y entregarnos un resultado que aceptemos sin haber recorrido ninguno de esos caminos. No hace falta decidir si eso es pensar; basta con observar qué parte del trabajo seguimos haciendo nosotros.
Y conviene introducir una incomodidad en la propia incomodidad: delegar no significa necesariamente renunciar. Una calculadora nos ahorra operaciones sin convertirnos por ello en seres intelectualmente inferiores y nadie necesita memorizar todas las carreteras de España para conservar intacta su dignidad. A veces delegar una tarea es precisamente lo que permite dedicar nuestra atención a otra mejor. Por eso la pregunta no puede ser si debemos delegar, sino qué merece seguir requiriendo nuestra participación.
Pensar necesita a veces tiempo: equivocarse, volver atrás, no saber, permanecer dentro de una pregunta, cambiar de opinión y descubrir que aquello que buscábamos no era exactamente aquello que necesitábamos encontrar. Ninguna de esas cosas parece especialmente eficiente. Puede que precisamente por eso sigan siendo valiosas.
Y entonces aparece una pregunta que no podemos responder, pero que quizá merezca quedarse encima de la mesa. Si Leonardo da Vinci encontrara hoy una inteligencia artificial sobre ella, la cuestión interesante probablemente no sería si la utilizaría, sino qué habría intentado descubrir con ella.

Una herramienta puede ahorrarnos un camino, pero también permitirnos recorrer uno que antes no existía. El zapato consiguió que pudiéramos caminar por lugares donde antes nos dolían los pies; no por eso dejamos de caminar. El Turco, en cambio, quería que creyéramos que dentro ya no había nadie.
Entre una cosa y otra cabe buena parte de nuestra relación con la inteligencia artificial. Podemos utilizarla para ampliar lo que hacemos o para dejar de hacerlo. Algunas cosas, seguramente, merecen que dejemos de hacerlas.
La pregunta incómoda es cuáles.
Porque quizá la cuestión ya no sea qué parte de nosotros hemos decidido que no es suficiente, sino cuál queremos ampliar…
y cuál estamos dispuestos a dejar de ejercer.
Jose Navarro ✶








