Hay palabras que aparecen de repente en todas partes. Una de ellas en estos días es “jurado popular”. El término ha vuelto a ocupar titulares después de que el juez Juan Carlos Peinado haya abierto juicio oral contra Begoña Gómez y Cristina Álvarez, que serán juzgadas mediante este procedimiento.
Sin embargo, detrás de la actualidad judicial existe una cuestión mucho más interesante que cualquier nombre propio: ¿qué ocurre cuando una persona corriente tiene que decidir sobre la culpabilidad o inocencia de otra?
En España, el jurado popular no es una novedad ni una figura excepcional creada para los grandes casos mediáticos. Existe desde 1995 y forma parte de nuestro sistema judicial. Los ciudadanos pueden ser llamados, mediante sorteo, a participar en determinados procedimientos. De hecho, durante estos días también se están realizando los procesos para configurar las listas de candidatos que podrán formar parte de jurados durante el bienio 2027-2028.
No es un espectador, es parte de la justicia
Quizá uno de los aspectos más llamativos del jurado popular sea precisamente que obliga a abandonar la idea de que la justicia es algo que ocurre exclusivamente entre jueces, abogados y fiscales.
Un ciudadano seleccionado para formar parte de un jurado no acude a una sala para observar un juicio. Tiene que escuchar las pruebas, atender a las declaraciones y deliberar con el resto de miembros antes de participar en una decisión sobre los hechos que se juzgan. Y ahí aparece una enorme responsabilidad.
La justicia exige algo que no siempre resulta sencillo, separar lo que sabemos de lo que creemos saber. En una sociedad en la que las redes sociales permiten conocer una versión de cualquier acontecimiento antes incluso de que comience un juicio, esta tarea adquiere todavía más importancia.
El problema de juzgar en la era de las redes
Vivimos rodeados de información, pero eso no significa que estemos mejor informados.
Un caso que llega a los tribunales puede haber generado durante meses titulares, vídeos, declaraciones políticas, comentarios en redes sociales y todo tipo de teorías. Para cuando comienza el juicio, una parte de la sociedad puede haber construido ya su propio veredicto.
El jurado popular introduce entonces una pregunta incómoda: ¿es posible llegar a una sala de justicia sin estar condicionado por todo aquello que hemos visto antes?
No es una cuestión exclusiva de los jurados. También afecta a cualquier ciudadano que siga un proceso judicial desde fuera. Pero quienes tienen que decidir sobre los hechos tienen una responsabilidad adicional, deben escuchar aquello que se presenta en el juicio y valorar las pruebas conforme a las reglas del procedimiento.
La opinión pública funciona con titulares. La justicia, necesariamente, debe funcionar con pruebas.
Una responsabilidad que puede tocarle a cualquiera
Otra cuestión que merece atención es que formar parte de un jurado popular no es algo reservado a especialistas. El sistema parte precisamente de la participación ciudadana.
En Valencia, por ejemplo, el Ayuntamiento ha informado este mes de la exposición del censo electoral para el sorteo de candidatos al Tribunal del Jurado correspondiente al bienio 2027-2028. Eso significa que para algunas personas el jurado popular puede dejar de ser un concepto que aparece en televisión y convertirse en una responsabilidad real. Y probablemente ahí reside una de las grandes virtudes de este sistema, recordarnos que la justicia también forma parte de la vida democrática de los ciudadanos.
Pero también supone una exigencia. Si algún día recibimos una notificación para formar parte de un jurado, no deberíamos entenderlo únicamente como una obligación administrativa o como una molestia que altera nuestra rutina. Se trata de participar directamente en una función que tiene consecuencias sobre la vida de otras personas.
Ni jueces improvisados ni espectadores
El jurado popular tampoco debería convertirse en una especie de concurso de opiniones. No se trata de decidir quién nos cae mejor, quién resulta más convincente en televisión o qué versión encaja mejor con aquello que ya pensábamos antes del juicio.
Precisamente porque sus integrantes no son profesionales del Derecho, la información que reciben durante el procedimiento y las instrucciones del magistrado que preside el tribunal tienen una importancia fundamental.
La ciudadanía aporta algo que un sistema judicial exclusivamente profesional no tendría de la misma manera, la participación directa de personas ajenas a la carrera judicial. Pero esa participación necesita reglas, garantías y responsabilidad.
La justicia no puede funcionar a golpe de tendencia
Quizá la mayor lección que podemos extraer de la actual presencia del jurado popular en los medios sea precisamente esta: un juicio no debería confundirse con un debate en redes sociales.
Que un asunto sea tendencia no significa que sus hechos estén probados. Que una persona tenga muchos defensores o detractores tampoco determina su responsabilidad. Y que un determinado relato haya conseguido imponerse en la conversación pública no lo convierte automáticamente en verdad judicial.
La justicia necesita tiempo. Necesita escuchar a las partes. Necesita analizar las pruebas y distinguir los hechos de las interpretaciones. El jurado popular nos recuerda algo que a veces olvidamos, que la justicia no es un espectáculo que consumimos desde el sofá. En determinadas circunstancias, también podemos formar parte de ella. Y si algún día nos toca ocupar una de esas sillas, quizá la mejor preparación no sea haber seguido todos los titulares del caso, sino llegar a la sala dispuestos a hacer algo mucho más difícil: escuchar antes de juzgar.









