«El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: si se produce alguna reacción, ambas se transforman.»
Carl Gustav Jung
Nunca he sabido muy bien qué hacemos primero. Si hacemos la cama para deshacerla o si, en realidad, la deshacemos para tener el privilegio de volver a hacerla a la mañana siguiente.
Durante años he hecho ambas cosas sin preguntármelo demasiado. A veces deprisa, otras demorándome. He cambiado sábanas con la pequeña satisfacción de saber que esa noche estrenábamos cama. He estirado desde una esquina mientras alguien tiraba desde la otra. Y también he participado, con bastante más entusiasmo, en conseguir que aquellas sábanas dejaran de estar exactamente donde las habíamos colocado.
Con el tiempo he empezado a sospechar que nunca estuvimos haciendo solamente una cama. Porque hay muchas maneras de deshacerla. Puede hacerse despacio, casi ceremoniosamente, o con esa urgencia en la que los cuerpos parecen llevar algunas decisiones tomadas antes que nosotros. Puede deshacerse hablando, riendo, mirándose o cerrando los ojos. Con ternura o con hambre. Guiando unas veces y dejándose llevar otras. Con la seguridad de quien conoce el territorio o con el delicioso miedo de quien todavía está descubriéndolo. Incluso acabando en el suelo y arrastrando las sábanas con nosotros.
Cada pareja acaba inventando un idioma que nadie le ha enseñado. Una gramática hecha de gestos y silencios. Un idioma en el que caben la valentía de pedir y la generosidad de escuchar; la iniciativa y la entrega; el juego y el cuidado.
Y después, algunas veces, llega algo todavía más íntimo: la quietud. Dormirse al lado de alguien ya supone bajar la guardia. Dormirse abrazado a esa persona va un poco más lejos. Mientras permanecemos despiertos todavía elegimos el abrazo. Pero llega un momento en que la conciencia se retira y dejamos incluso de decidir. Ya no sostenemos conscientemente nada y, sin embargo, permanecemos allí. Hay pocas formas de abandonarse tanto a la confianza.
Las sábanas no estarán donde las dejamos. Nosotros, sí.
Quizá sea entonces cuando aquella cama, físicamente deshecha, esté más profundamente hecha. Porque ya no es solamente una cama. Es refugio.

Y amanece.
La mañana parece modesta después de la ambiciosa noche. Tiene peor iluminación, menos literatura y demasiados despertadores. Pero basta pensarlo un poco para descubrir que quizá nos hemos equivocado de ambición. La noche puede permitirse los cien metros. La mañana quiere correr la maratón.
La noche puede aspirar al instante extraordinario. La mañana tiene que enfrentarse a los lunes, las prisas, el cansancio, los cuerpos que cambian, las pequeñas manías, el café, las obligaciones y los años.
La noche dice:
—Te quiero aquí.
La mañana se atreve a preguntar:
—¿Para qué?
No «por qué». El porqué mira lo que ya somos. El para qué se atreve con lo que todavía podemos ser.
Y quizá por eso hacerla juntos a la mañana siguiente tiene bastante menos de tarea doméstica de lo que parece. A veces uno estira mientras el otro recoge. O desaparece camino de la ducha. O prepara café. Habrá mañanas en las que uno hará todo y otras en las que no la hará ninguno. Incluso habrá hoteles donde alguien se adelante y deje las almohadas impecablemente colocadas.
Da igual. Una cama puede hacerla cualquiera. Hacerla nuestra es otra cosa: dejar preparado un lugar al que todavía queremos regresar.
Y hacer sitio. Aprender que construir un nosotros no exige que ninguno deje de ser yo. Un Sol y una Luna capaces de compartir cielo sin presuntuosos eclipses.

Y entonces la pregunta deja de ser cómo hacemos hoy nuestra cama. Me interesa bastante más otra.
¿Cómo querríamos deshacerla dentro de cinco años?
¿Y cómo nos gustaría volver a hacerla a la mañana siguiente?
Con qué deseo. Con qué confianza. Con cuánta curiosidad todavía. Con qué capacidad para jugar, reír, pedir, escuchar, entregarnos, permanecer.
Y, sobre todo, ¿qué estamos haciendo hoy para convertirnos en las personas capaces de vivir mañana de esa manera?
Quizá el arte esté en conseguir que, después de los años, los dos verbos continúen conjugándose en primera persona del plural.
Insieme.






