«Todos ven lo que pareces; pocos perciben lo que eres.»
Nicolás Maquiavelo, El príncipe, XVIII
El verano está siendo duro.
Muy duro.
España arde. Arden montes, casas y haciendas. Han muerto personas y una cantidad imposible de calcular de habitantes de esa vida salvaje que nunca aparecerán en las estadísticas de damnificados.
Ceuta ha vivido una invasión brutal travestida de «crisis migratoria». Unas 80.000 personas atravesaron su frontera en apenas dos días y 82 murieron intentando alcanzar una vida que imaginaban mejor y que ya nunca será ni mejor ni peor.
Los juzgados, mientras tanto, tampoco parecen haberse tomado agosto. Siguen apareciendo sumarios, teléfonos, mensajes, agendas, intermediarios y personajes alrededor del poder. Hace tiempo que algunas manchas dejaron de parecer simples salpicaduras.
Y Pedro está de vacaciones.
En La Mareta.
Sol.
Mar.
Familia.
Amor.
Otra vez el amor.
Porque Pedro Sánchez y el amor ya protagonizaron uno de los episodios más extraordinarios de nuestra democracia reciente:
los cinco días y una carta de amor desesperada.
Abril de 2024. El presidente escribió una carta a los españoles para hablarnos, fundamentalmente, de él: de su dolor, de su esposa, de su enamoramiento y de su necesidad de detenerse para decidir si merecía la pena continuar.
España quedó suspendida ante aquella versión institucional de Los puentes de Madison.
Una carta de amor dirigida a todos nosotros. Una reflexión aparentemente solitaria alrededor de la cual, hoy sabemos, no todo el mundo permaneció precisamente reflexionando.
Porque hay un dato especialmente incómodo.
El mismo 24 de abril en que Pedro Sánchez publicó su carta, Leire Díez intercambiaba mensajes con Cristina Narbona en los que aparecían expresiones como «reconducir» los ataques al presidente, ofrecer «ayuda cualificada» o darle la vuelta al asunto «como un calcetín».
Narbona ha negado conocer cualquier actuación ilícita y ha rechazado la interpretación realizada sobre aquellos contactos.
Que cada cual extraiga sus conclusiones.
A mí me basta con el calendario.
Mientras España contemplaba emocionada el ático sentimental del edificio, resulta que en el sótano había gente trabajando. Fontaneros, fontaneras y, puestos a respetar todas las sensibilidades, algún fontanere. Con teléfonos, contactos y cajas de herramientas.
La Cloaca Máxima fue una extraordinaria obra de ingeniería romana.
La nuestra parece requerir mantenimiento permanente.
Por eso estas vacaciones presidenciales me interesan. No porque Pedro Sánchez carezca del derecho a descansar. Lo tiene. Tampoco porque deba ponerse un chaleco amarillo y apagar personalmente los incendios.
Se trata de otra cosa.
Hay una España cansada. La escucho en conversaciones, comercios, restaurantes, taxis y sobremesas. No pretendo convertir mi percepción en una encuesta.
Cansada de pagar mucho para recibir demasiadas veces explicaciones para niños. De que cada problema encuentre inmediatamente un culpable anterior, exterior, climático, judicial, mediático o ultraderechista. De una relación con Marruecos en la que decisiones trascendentales continúan dejando preguntas para las que los ciudadanos merecemos respuestas bastante mejores.
Cansada de escuchar la palabra transparencia mientras siguen apareciendo teléfonos, mensajes, intermediarios y personas sorprendentemente familiarizadas con las tuberías del poder.
Y cansada, sobre todo, de pagar.
Porque pagamos los incendios y la reconstrucción; los ministerios, los asesores, las estructuras y las campañas. Pagamos los errores y después pagamos también a quienes nos explican que aquello que acabamos de pagar no era exactamente un error.

Hace apenas unos días murió Juan Tamariz.
Un MAGO.
Con mayúsculas.
Uno de esos raros personajes capaces de pertenecer a la memoria sentimental de varias generaciones sin pedirnos a cambio que pensáramos como él.
Nos dejó sus cartas, su humor, su violín invisible y algo bastante más valioso: toda una vida dedicada al prodigioso arte de conducir nuestra atención.
Porque en la magia lo decisivo no tiene por qué estar sucediendo allí donde mira el espectador. El mago consigue que miremos una mano mientras lo verdaderamente interesante puede estar ocurriendo en otro lugar.
No estoy comparando a Pedro Sánchez con Juan Tamariz. Por favor.
Tamariz tenía bastante más gracia.
Estoy hablando de nosotros.
De los espectadores.
Aquellos días de abril deberían habernos enseñado algo: cuando el poder coloca un foco sobre un lugar, además de mirar el foco conviene preguntarse qué ha quedado en penumbra.
Una carta, una reflexión, una fotografía, unas vacaciones, La Mareta, el mar, Pedro descansando.
De acuerdo.
Miremos.
Y después hagamos lo que intenta hacer cualquier espectador cuando empieza a comprender cómo funciona un truco:
miremos la otra mano.
Quién telefonea.
Quién se reúne.
Quién busca información.
Quién prepara estrategias.
Quién engrasa mecanismos.
Quién baja este agosto al sótano con la caja de herramientas.
No lo sabemos.
Y afirmar que lo sabemos sería hacer exactamente aquello que criticamos.
Tenemos, sin embargo, un precedente incómodo: mientras España miraba aquella carta del 24 de abril, había personas alrededor del poder haciendo cosas que conoceríamos mucho después.
Pedro puede bañarse, tomar el sol, amar y hasta reflexionar.
Nosotros podemos hacer algo bastante más útil.
Cuando alguien levante una mano para que todos la miremos…
no perdamos de vista la otra.
«El poder no consiste solo en decidir lo que hace. También en conseguir que miremos hacia donde le conviene mientras lo hace.»
Jose Navarro










