El agresor pasa a la ofensiva y quien intenta exigirle responsabilidades queda a la defensiva.
A partir del concepto DARVO de Jennifer J. Freyd
Acabo de conocer una palabra: DARVO.
Hay palabras que llegan antes que la experiencia y nos ayudan a reconocer el camino. Otras aparecen después, cuando ya hemos atravesado el bosque, nos hemos perdido en él y hasta hemos dudado de nuestra propia brújula. No evitan el daño. Solo iluminan, demasiado tarde, el lugar exacto en el que comenzamos a perdernos.
DARVO era nueva para mí. La sensación que describe, no.
Conocemos el desconcierto de entrar en una conversación para hablar de algo que nos había dolido y terminar defendiéndonos a nosotros mismos. Conocemos el esfuerzo por escoger mejor las palabras, bajar el tono, explicar otra vez, retirar una frase desafortunada y volver al punto de partida. Y conocemos la impotencia de comprobar que cada explicación abre un nuevo frente y aleja un poco más la primera pregunta.
Al principio pensamos que se trata de un problema de comunicación. Creemos que, si encontramos las palabras adecuadas, la otra persona comprenderá. Después descubrimos que ninguna forma de decirlo sirve cuando aquello que decimos no puede ser admitido.
La psicóloga estadounidense Jennifer J. Freyd puso nombre a ese movimiento en 1997. DARVO reúne tres pasos: negar, atacar e invertir los papeles de víctima y responsable.
Lo ocurrido se niega o se reduce. Después se juzgan nuestro carácter, nuestra memoria, nuestras intenciones o nuestra manera de pedir explicaciones. Finalmente, quien debía responder por una conducta ocupa el lugar de la persona herida y nos coloca en el papel de agresores.
Entonces reaccionamos. Nos indignamos, elevamos el tono o pronunciamos palabras que después lamentamos. Y esa reacción se convierte en el nuevo centro de la historia:
—¿Ves cómo me tratas? Este es el verdadero problema.
Siempre me ha impresionado una frase cuya autoría desconozco: «Te juzgarán por tu reacción y no por aquello que la provocó». DARVO explica cómo puede suceder. El último minuto de una conversación se utiliza para borrar todo cuanto ocurrió antes. La paja de nuestra reacción queda expuesta bajo una luz inmensa, mientras la viga que la provocó desaparece discretamente de la habitación.
Eso no convierte en aceptable todo cuanto hagamos o digamos. Nuestro dolor no nos concede permiso para herir. Pero podemos responder por nuestra reacción sin aceptar que esa reacción haya creado retrospectivamente la historia completa.
Lo verdaderamente doloroso no es perder una discusión. Es comprender que la conversación ha dejado de ser un lugar compartido. Nosotros buscamos aclarar lo ocurrido; la otra persona necesita demostrar que el problema somos nosotros. Intentamos regresar a los hechos; quien tenemos delante necesita conservar los papeles que ha repartido. Ya no hay una verdad común que buscar.
Y ahí comienza a romperse una relación.
A veces una relación no termina con una despedida, sino mucho antes: cuando hablar se vuelve peligroso; cuando preparamos una conversación sencilla como si fuéramos a declarar ante un juez; cuando vigilamos el tono, las manos y la expresión de nuestra cara; cuando ya sabemos que cualquier gesto podrá ser utilizado después contra nosotros. Entonces empezamos a dudar de nuestra memoria, de nuestro criterio y, finalmente, de nuestro derecho a sentirnos heridos.
Los estudios sobre DARVO han observado esa misma huella: quien lo sufre tiende a culparse más y quienes contemplan el conflicto desde fuera pueden creerle menos. Conocer el mecanismo no repara lo vivido, pero reduce su poder. Nos permite devolver el orden a una historia que alguien había puesto patas arriba, fuera o no consciente de estar haciéndolo.
También exige prudencia. DARVO no es una palabra mágica para ganar discusiones ni demuestra por sí sola la culpabilidad de nadie. Una persona inocente puede negar una acusación y sentirse atacada. La señal aparece cuando la pregunta inicial nunca obtiene respuesta y cada intento de recuperarla termina convertido en un nuevo juicio contra quien la formuló.
Ahora sé que hay conversaciones que no fracasan porque nos falten mejores palabras. Fracasan porque una de las dos personas ya no puede escuchar sin sentirse amenazada y necesita transformar al otro en culpable para seguir considerándose inocente.
Quizá conocer la palabra no salve una relación. Algunas palabras llegan cuando ya no queda nada que salvar. Pero pueden rescatarnos algo igualmente importante: la confianza en nuestra propia mirada, el orden de lo sucedido y la dignidad de reconocer nuestros errores sin cargar también con los del otro.
A veces, la salida comienza recuperando la pregunta que alguien necesitaba que olvidáramos.
«Quien consigue borrar la primera pregunta puede escribir a su conveniencia todas las respuestas.»
— Jose Navarro ✶











