«El todo es más que la suma de sus partes.»
Aristóteles
Si el primer paso consistía en descubrir que las personas no ocupan siempre el mismo lugar dentro del carruaje, el segundo es mucho más difícil: aprender a habitar el carruaje completo.
Porque los carruajes rara vez se rompen de golpe. Casi siempre empiezan a desafinar poco a poco. Una conversación que antes fluía comienza a tensarse. Una empresa deja de innovar. Una familia entra en una dinámica de reproches. Un equipo pierde la ilusión sin que nadie sepa exactamente cuándo ocurrió. Desde fuera solemos buscar culpables; desde dentro, casi siempre encontramos personas intentando sostener un sistema que ha dejado de funcionar como antes.
Hay carruajes extraordinariamente bien organizados. Cada pieza ocupa su lugar. Cada rueda gira donde debe. Todo parece impecable… salvo por un pequeño detalle: hace años que no avanzan.
Pero hay algo que todos compartimos y que rara vez advertimos: ninguno de nosotros observa los sistemas desde fuera. Todos vivimos dentro de varios carruajes al mismo tiempo. Formamos parte de una familia, de un equipo de trabajo, de un grupo de amigos, de una asociación o, sencillamente, de una comunidad. Y cuando alguno de esos carruajes deja de avanzar, casi todos cometemos el mismo error: empezamos preguntándonos quién está fallando. Muy pocas veces nos preguntamos qué está necesitando el sistema de cada uno de nosotros.
Fue entonces cuando aquel viejo juego empezó a revelarme algo inesperado. Al principio intentaba descubrir quién conducía, quién tiraba del carruaje, quién sostenía el peso o quién parecía obstaculizar el avance. Con el tiempo comprendí que ninguna de esas era la pregunta importante.
La verdadera cuestión siempre fue otra:
¿Qué función necesita el carruaje para volver a avanzar?
Porque a veces sobran conductores y faltan caballos. Otras, todos empujan y nadie mantiene la dirección. Y, en ocasiones, cada pieza cumple impecablemente su cometido… dentro de un carruaje que hace tiempo dejó de dirigirse hacia el lugar correcto.
Desde entonces dejé de observar personas para observar funciones. Y, casi sin darme cuenta, también dejé de juzgar con tanta facilidad. Cuando sustituyes la búsqueda del culpable por la búsqueda de la función que falta, cambia por completo la forma de comprender un grupo humano.
Muchos años después descubrí la Teoría General de Sistemas. No tuve la sensación de encontrar una idea nueva. Sentí que, por fin, podía poner nombre a un territorio que llevaba mucho tiempo recorriendo.
Como muchas veces he dicho durante mi época formativa, siendo alumno he aprendido muchísimas cosas. Y a otras, simplemente, les he puesto nombre.
Aquel viejo juego del carruaje no había nacido de una teoría. Había nacido de observar personas, grupos y relaciones. La teoría llegó después. Sólo puso nombre a aquello que llevaba años observando.
Descubrir que otros habían recorrido ese mismo camino, con un lenguaje más preciso y una enorme solidez intelectual, no restó valor a mi experiencia; al contrario, la enriqueció. La intuición abre la puerta; el conocimiento nos ayuda a comprender la habitación en la que acabamos de entrar.
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Una gran amiga me regaló hace años una frase que nunca he olvidado: «La intuición es el atajo de la inteligencia».
No necesité tiempo para reconocer la profundidad de aquellas palabras. Desde entonces, la vida no ha dejado de confirmármelas. A veces vemos primero, comprendemos después y sólo mucho más tarde encontramos las palabras capaces de explicar aquello que llevábamos años contemplando. A veces no estudiamos una teoría para empezar a mirar el mundo de otra manera. A veces ocurre exactamente al revés: primero aprendemos a mirar y, muchos años después, descubrimos que alguien ya había puesto nombre a aquello que estábamos viendo.
Da igual que estés observando una familia, una empresa, un equipo deportivo, una asociación o una administración pública. Cambian las personas, cambian los objetivos y cambia el tamaño del carruaje. Lo que permanece son las preguntas: quién conduce, quién cuestiona, quién sostiene, quién tira, qué estamos transportando y, sobre todo, qué función ha dejado de cumplirse.
Pero con el tiempo descubrí que todavía faltaba una pregunta. La más incómoda de todas. Dejé de preguntarme quién tenía razón y empecé a preguntarme qué estaba necesitando aquel carruaje de mí. Descubrí entonces algo tan sencillo como exigente: todos esperamos que los demás desempeñen bien su función, pero pocas veces nos detenemos a pensar si nosotros estamos ocupando el lugar que el sistema necesita en ese momento.
Desde entonces, cuando un grupo humano empieza a desafinar, procuro hacerme siempre la misma pregunta antes de mirar a los demás:
¿Qué función necesita ahora este carruaje… y soy yo la persona llamada a desempeñarla?
Esa pregunta ya no busca culpables.
Busca responsabilidad.
Y, al hacerlo, cambia también la forma en que habitamos el sistema.
El carruaje nunca termina de construirse. Cada cambio en una función modifica a las demás; cada incorporación altera el conjunto y cada ausencia obliga al sistema a reorganizarse. No significa que esté mal diseñado. Significa que está vivo.
La próxima vez que un grupo humano deje de funcionar, resiste durante unos minutos la necesidad de decidir quién tiene razón. Mira primero el carruaje. Y, antes de señalar a nadie, hazte una pregunta más difícil: ¿qué necesita ahora este sistema de mí? Es posible que nadie esté fallando como persona. Es posible que sólo haya desaparecido una función… y que nadie haya reparado todavía en su ausencia.
Porque cuando cambia la pregunta, cambia también el lugar desde el que vivimos el sistema.
Comprender un sistema no consiste en señalar quién falla, sino en descubrir qué necesita volver a existir.
– Jose Navarro –











