La adicción al alcohol sigue siendo una de las enfermedades más invisibles y normalizadas en España. Según la última Encuesta EDADES del Plan Nacional sobre Drogas, más del 90% de la población adulta ha consumido alcohol alguna vez en su vida y más del 6% presentan patrones de consumo de riesgo. El alcohol está tan integrado en celebraciones, reuniones familiares, encuentros sociales y rutinas cotidianas que muchas veces cuesta reconocer cuándo deja de ser un consumo social y empieza a convertirse en una dependencia.
Los especialistas en adicciones advierten de que el alcoholismo puede desarrollarse durante años bajo una apariencia de normalidad. «La persona trabaja, cuida de su familia, cumple horarios y mantiene responsabilidades, mientras la enfermedad avanza en silencio hasta afectar a su salud física, emocional y social», reconoce Antonio Peña, médico especializado en adicciones de Esvidas.
La adicción que nadie vio llegar
Carlos, técnico sanitario en Jerez de la Frontera y paciente de Esvidas, conoce bien esa progresión. Empezó a beber en la adolescencia sin que nadie, incluido él mismo, detectara entonces una señal de alarma. A los 19 años estudiaba una carrera universitaria y ya bebía todos los días. No lo interpretaba como una enfermedad. Lo asociaba a una forma de relajarse y concentrarse.
«Puedo decir que me sacaba una carrera bebiendo prácticamente todos los días, pero no lo veía como un problema como lo he visto ahora», reconoce Carlos. Y esta es, precisamente, una de las trampas más peligrosas del alcoholismo. «Puede avanzar durante años sin destruir de inmediato la vida visible de quien lo padece», asegura Peña.
La progresión se aceleró en su etapa laboral como técnico de ambulancias. Las guardias de 24 horas, la monotonía y el encierro fueron el caldo de cultivo perfecto. Al regresar a Jerez, intentó compaginar la vida como padre con un consumo que ya llevaba tiempo fuera de control. «Sabía que tenía que beber para todo. Si quedaba con un amigo, me tenía que beber dos litros antes de quedar, sabiendo que luego iba a beber más».
Siete litros al día y un parking de hospital como escondite
En su peor momento, Carlos llegó a consumir entre seis y ocho litros de alcohol al día. Pero lo más revelador no es la cantidad, sino la organización de la vida alrededor de la bebida. «Si entraba a trabajar a las ocho, me tenía que levantar a las 06:15 para poder beber, para poder ir a trabajar. No ir borracho, simplemente ir tranquilo». Llegaba antes al hospital, se detenía en el parking y se tomaba unas latas antes de entrar.
El deterioro físico fue inevitable. Una pancreatitis grave lo mantuvo ingresado durante un mes y le dejó con solo un 30% de páncreas funcional, derivando en diabetes insulinodependiente. Pocos meses antes de la entrevista, una cetoacidosis diabética con niveles de azúcar rozando los 600 lo obligó a una nueva hospitalización de urgencias.
El detonante: la muerte de su padre
Carlos había completado casi diez meses de tratamiento en Esvidas, tres de ellos en régimen residencial, y había recuperado 25 kilos. Pero la muerte de su padre, que había sido uno de sus principales apoyos, terminó de desestabilizar un equilibrio que ya era frágil. A esa pérdida se sumaron la ruptura con su pareja, los conflictos por la custodia de su hijo y la presión laboral. «Se me juntó todo. Y ya la bola se hizo demasiado grande».
La recaída no fue súbita. Carlos reconoce que salió del primer tratamiento con planes que no compartió con los terapeutas. «Todo empezó por no hablar de los planes que ya tenía en mi cabeza. No compartía las cosas que debía compartir».
«No se puede vivir así. Valgo más que un puto cartón de vino»
Cuando su madre entró en el piso de Carlos, encontró cartones de vino por todos los rincones, basura acumulada en la cocina y vómitos en las esquinas. «Un desastre», reconoce Carlos. «No se puede vivir así. Valgo más que un puto cartón de vino».
El peso con el que ingresó la segunda vez fue de 64 kilos. Se levantaba cada mañana con arcadas y vomitaba bilis antes de poder dar un paso. Si el primer ingreso fue duro, el segundo, reconoce, fue tres veces peor en intensidad, cantidad y daño físico.
Volver con más ganas
Carlos eligió volver a Esvidas. «Quería volver aquí porque me fue bien. Simplemente cometí el error de precipitarme». El centro trabaja con un modelo multidisciplinar que incluye psicólogos, psiquiatras, médicos, trabajadores sociales y monitores con experiencia propia en adicción, además de herramientas como el método Minnesota, terapias grupales y trabajo físico.
«A mí se me pasan los días volando. Meditamos, hacemos cardio, hay terapia, hay mucho compañerismo», confiesa. «He venido con muchas ganas de salir de esto. Yo sé que es jodido, pero se puede. No te imaginas la luz tan grande que encuentras cuando entras en un centro de recuperación».
«Pedir ayuda fue lo mejor que pude hacer»
Al final de la entrevista, Carlos lanza un mensaje directo a quienes siguen atrapados en el alcohol o en cualquier otra adicción y aún no se atreven a pedir ayuda. «La adicción no es un vicio, es una enfermedad. Hay que romper ese círculo porque cada vez te encierra más. Pedir ayuda fue lo mejor que pude hacer. Si me caigo, me vuelvo a levantar. Siempre hay esperanza».
Si tú o alguien de tu entorno necesita apoyo por problemas con el alcohol u otras adicciones, puedes contactar con la línea de atención a las drogodependencias: 900 161 515 (gratuita y confidencial).









