«No hay nada más difícil que ver aquello que tenemos delante de los ojos.»
Goethe
Hay conversaciones que terminan mucho antes de que las personas se separen. Amistades que terminan mucho antes de la última llamada. Hay trabajos que terminan mucho antes de presentar la dimisión. Y hay personas que dejan de ser quienes eran mucho antes de que nosotros nos demos cuenta.
Sin embargo, solemos actuar como si nada hubiera cambiado. Seguimos esperando las mismas respuestas, interpretando los mismos gestos del mismo modo y utilizando las mismas explicaciones. Recorremos los mismos caminos y, cuando algo deja de funcionar, cuando aparecen los conflictos, las decepciones o la sensación de estar perdidos, solemos pensar que el problema está fuera.
Quizá muchas veces no sea así.
¿Cuánto sufrimiento nace de seguir utilizando mapas que ya no describen el territorio que habitamos?
La idea no es nueva. Alfred Korzybski la formuló hace casi un siglo con una frase que después popularizaría la Programación Neurolingüística: el mapa no es el territorio.
Parece una obviedad. Nadie confunde una ciudad con el plano de una ciudad. Nadie cree que una fotografía sea el paisaje ni que una receta sea una comida. Y, sin embargo, confundimos constantemente nuestras explicaciones con la realidad. Lo hacemos cuando creemos que conocemos completamente a alguien, cuando pensamos que entendemos por qué ocurre algo o cuando damos por sentado quiénes somos.
- La realidad es el territorio; la interpretación que hacemos de ella es el mapa. Y ambos rara vez coinciden por completo.
La ciencia avanza, muchas veces, cuando una explicación deja de ser suficiente. Aparecen observaciones que no encajan, preguntas incómodas o hechos inesperados. Durante un tiempo intentamos salvar el modelo existente, pero llega un momento en que la realidad acumula suficientes anomalías como para obligarnos a redibujar el mapa.
Esa es una de las lecciones más humildes que podemos extraer de la ciencia. No que esté siempre en posesión de la verdad, sino que acepta revisar sus explicaciones cuando dejan de funcionar.
- La realidad no tiene obligación de parecerse a nuestras expectativas. Tampoco la vida.
Porque cualquiera puede ser fiel a un mapa mientras coincide con el territorio. La prueba real llega cuando dejan de coincidir.
Sin embargo, cuando el territorio deja de coincidir con nuestros mapas solemos reaccionar de tres maneras.
La primera consiste en intentar modificar el territorio para que encaje con el mapa. Queremos que nuestra pareja vuelva a ser quien era, que nuestros hijos piensen como nosotros, que nuestros compañeros actúen según nuestras expectativas o que la realidad confirme nuestras creencias.
La segunda consiste en modificar el mapa. Observar, aprender, aceptar que algo ha cambiado y reconocer que la explicación que nos sirvió durante años ya no describe adecuadamente lo que tenemos delante.
La tercera consiste en negar la discrepancia. Ignoramos las señales, justificamos las contradicciones y seguimos defendiendo una explicación cada vez más debilitada por los hechos.
Podríamos resumir estas tres actitudes de una forma sencilla: el mal cartógrafo corrige el territorio para salvar el mapa. El buen cartógrafo corrige el mapa para comprender mejor el territorio.
Lo vemos en la política cuando los datos ya no encajan con nuestros relatos. En las ideologías cuando la identidad pesa más que la evidencia. Lo vemos en las familias cuando seguimos tratando a una persona adulta como si todavía fuera el niño que recordamos. Lo vemos en el trabajo cuando aplicamos soluciones antiguas a problemas nuevos. Y lo vemos constantemente en nosotros mismos.
Hay personas que siguen definiéndose por un fracaso ocurrido hace veinte años. Otras continúan viviendo dentro de una herida que ya cicatrizó hace tiempo. Algunas conservan una imagen de sí mismas que dejó de ser cierta hace mucho.
Y ahí aparece una pregunta más incómoda:
¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de mapa?
Porque, en realidad, llevamos todo el artículo hablando de mapas y territorios como si fueran los protagonistas.
Y no lo son.
Existe un tercer elemento.
El cartógrafo.
Alguien dibuja esos mapas. Y ese alguien somos nosotros.
Nuestra historia dibuja líneas que otros no ven. Nuestros afectos resaltan unos caminos y borran otros. Nuestros miedos colocan señales de peligro donde quizá sólo existe incertidumbre. Nuestras heridas marcan fronteras que a veces siguen presentes mucho después de que el territorio haya cambiado.
- Tal vez por eso la célebre frase de Ortega y Gasset sigue conservando tanta fuerza:
«Yo soy yo y mi circunstancia.»
No observamos desde ninguna parte. Siempre lo hacemos desde algún lugar. Y ese observatorio deja huellas en cada mapa que construimos.
Por eso un buen cartógrafo no es el que más se enamora de sus mapas, sino el que permanece atento al territorio que intenta describir.
Dos personas pueden contemplar exactamente el mismo territorio y ver cosas completamente distintas. No necesariamente porque una mienta ni porque la otra esté equivocada. Muchas veces ocurre porque cada una está dibujando desde coordenadas diferentes.
Ahí aparece una dificultad menos visible.
Todos necesitamos mapas. Incluso algunos mapas antiguos pueden seguir siendo útiles. El verdadero riesgo aparece cuando dejamos de recordar lo que son.
Porque, en el fondo, las teorías son mapas. Las creencias son mapas. Las ideologías son mapas. Las identidades son mapas. Incluso nuestros recuerdos se parecen mucho más a mapas que al territorio que intentan representar.
La rigidez suele aparecer justo en ese momento: cuando el mapa deja de percibirse como mapa y empieza a confundirse con el territorio.
Y ahí reside una de las tareas más difíciles de la madurez. No en tener razón. Ni en acumular certezas. No en defender nuestros mapas con más fuerza. Sino en desarrollar suficiente curiosidad para revisarlos.
Porque todos los mapas son imperfectos. Siempre lo han sido y siempre lo serán. La cuestión no es evitar el error. La cuestión es reconocer cuándo ha llegado el momento de volver a sacar el lápiz.
El mapa necesita cierta firmeza para ser útil. Pero necesita cierta humildad para seguir siendo mapa.
Quizá madurar consista en algo mucho menos heroico y mucho más difícil: reconocer que algunos mapas nos trajeron hasta aquí, agradecerles el viaje y, aun así, dejarlos marchar.
Porque la vida cambia. Las personas cambian. Nosotros cambiamos. Y ningún mapa merece ser defendido hasta el punto de impedirnos seguir avanzando.
Ningún mapa garantiza el destino.
Su función es ayudarnos a no perdernos demasiado durante el viaje.
¿Cuántas veces intentamos corregir el mundo cuando lo que necesita revisión es el mapa con el que lo estamos recorriendo?
La realidad no nos debe obediencia. Nuestros mapas sí nos deben revisión.
Jose Navarro










