Hay que reconocerle un mérito al Papa.
Consiguió algo que parecía imposible.
Durante unas horas, gobiernos, oposiciones, instituciones, medios de comunicación y periodistas de todo pelaje coincidieron en destacar la importancia de sus palabras.
Confieso que aquella unanimidad repentina me llamó poderosamente la atención.
Porque, efectivamente, el Santo Padre habló de diálogo, respeto, convivencia, entendimiento y preocupación por los demás.
Es decir, habló de cosas que llevamos siglos considerando virtudes.
Lo verdaderamente sorprendente no era el contenido.
¿De qué esperaban que hablara? ¿De motos? ¿De riego por goteo?
Lo sorprendente era el febril entusiasmo de la concurrencia y aquella repentina unanimidad.
Porque cuando demasiada gente importante coincide con tanta pasión en algo tan elemental, siempre me produce un cierto vértigo.
No porque crea que estén equivocados, si no porque podrían tener razón.
Los aplausos pueden acompañar a una verdad, pero nunca han sido una prueba de ella.
Así que terminé haciéndome una pregunta bastante sencilla.
Si todos estamos tan de acuerdo con cosas tan elementales como el diálogo, el respeto o el entendimiento…
¿por qué las echamos tanto de menos?
Y, sobre todo, ¿vive mejor la gente con estos consensos tan grandilocuentes?
Mientras daba vueltas a esa cuestión, me vino a la cabeza la imagen de un viejo cura de pueblo pronunciando una homilía dominical.
Uno de esos sacerdotes que han bautizado a media comarca, enterrado a la otra media y pasado media vida escuchando las confesiones de ambas mitades.
Se aclaró la garganta, miró a los feligreses y comenzó.
— Hermanos, voy a deciros una cosa. Escucho las noticias y cada día entiendo menos cosas. Y eso que llevo cuarenta años escuchándoos.
Algunas sonrisas aparecieron antes incluso de que continuara.
— Porque resulta que tenemos Gobierno.
— Por nuestro bien —respondió alguien desde los primeros bancos.
— Tenemos oposición.
— Por nuestro bien —contestó otro desde el fondo.
— Tenemos Congreso y Senado.
— Por nuestro bien —respondieron ya varios.
— Tenemos parlamentos autonómicos.
— Por nuestro bien —replicó buena parte de la iglesia.
— Tenemos medios de comunicación.
— Por nuestro bien.
— Tenemos periodistas de todo pelaje.
— Por nuestro bien.
— Y tenemos expertos explicándonos lo que piensan los demás expertos.
— Por nuestro bien —respondió ya toda la iglesia con la serenidad de una vieja letanía.
El cura se quitó las gafas.
— Hermanos, confieso que por aquí empiezo a perderme.
Las risas recorrieron el templo.
— Porque hay una cosa que me llama la atención. Cada vez parece haber más personas explicándonos qué debemos pensar sobre las cosas. Y cada vez tengo más dudas sobre si eso nos está ayudando a pensar mejor.
La iglesia permaneció callada.
— Será por nuestro bien —murmuró el sacerdote.
— Será por nuestro bien —repitió la congregación, ya por costumbre.
— Eso supongo. Pero permitidme una duda.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
— Cuando yo era joven, recuerdo que las personas discutían mucho.
La iglesia sonrió.
— Ya sé que siguen haciéndolo. No hablo de eso.
Las risas reaparecieron.
— Hablo de cuando las personas discutían para intentar averiguar quién tenía razón. No para demostrar que el otro estaba equivocado.
El silencio regresó.
— Y ahora permitidme que enumere algunas cosas que echo en falta.
Miró a los bancos.
— Acuerdos.
Después preguntó:
— ¿Es por nuestro bien?
La iglesia tardó un instante en reaccionar.
— ¿Es por nuestro bien? —preguntaron algunos feligreses.
— Conversaciones donde alguien cambie de opinión.
— ¿Es por nuestro bien? —contestó un pequeño coro.
— Personas capaces de escuchar una idea sin preguntarse inmediatamente en qué bando colocarla.
— ¿Es por nuestro bien? —respondió ya buena parte de la iglesia.
— La posibilidad de reconocer un error sin convertirlo en una humillación pública.
— ¿Es por nuestro bien? —replicó ya toda la congregación.
El cura volvió a ponerse las gafas.
— También he observado otra cosa —dijo tras unos segundos—. Cada vez encuentro más personas que tienen respuestas para todo y cada vez menos que se permitan el lujo de formular una duda.
La iglesia permaneció en silencio.
— ¿Es por nuestro bien?
El viejo sacerdote bajó la vista.
— Confieso que no lo sé.
Esperó unos instantes.
— Ya no os oigo.
Nadie respondió.
Pasaron unos segundos.
Entonces una voz surgió desde el fondo de la iglesia.
— Estamos pensando, padre.
Y por primera vez en toda la mañana, la iglesia rompió a reír.
El sacerdote sonrió.
— Eso está bien.
Miró a la congregación.
— Porque yo sigo teniendo fe. A estas alturas de la vida sería una pena perderla.
Las sonrisas seguían allí.
— Pero también he aprendido una cosa. Dios ayuda mucho, pero no recuerdo haberlo visto remar por nadie.
Las risas reaparecieron.
— Ya San Benito nos enseñó aquello de «ora et labora»: reza y trabaja. Así que rezad, si queréis. Yo seguiré haciéndolo. Pero después remad. Y hacedlo con fuerza y con fe.
— Ahora sí. Podéis ir en paz.
Quizá ésa fuera la parte más incómoda de toda la homilía.
No porque hablara de gobiernos, periodistas o expertos.
Sino porque hablaba de nosotros.
De esa extraña facilidad que tenemos para adoptar respuestas antes de haber terminado de examinar las preguntas.
Porque hay muchas cosas que podemos delegar en la vida. Pensar rara vez es una de ellas. Y quizá por eso las respuestas automáticas resultan tan cómodas: nos ahorran el esfuerzo de formular preguntas.
Hasta que un día descubrimos que hemos dejado de distinguir entre aquello que creemos y aquello que simplemente repetimos.
Y de lo raro, y valioso, que resulta encontrar una comunidad capaz de responder:
— Estamos pensando, padre.
Jose Navarro ★












