“Las naciones no mueren por un acto de violencia, sino por la lenta descomposición de sus costumbres.”
Alexis de Tocqueville
La UDEF entra en el despacho de Zapatero. En la acera de enfrente, la UCO entra en la sede del PSOE. Sendos autos judiciales hablan de estructuras coordinadas, de maniobras para interferir en investigaciones sensibles, de nombres orgánicos de primer nivel y de una posible utilización del aparato del partido para proteger intereses políticos.
Y el país… apenas pestañea.
Hace apenas unos años, imágenes así habrían provocado una conmoción nacional. Hoy generan otra sensación: la de un capítulo más.
Y quizá ahí esté el verdadero daño.
Porque España no solo ha sufrido corrupción, sospechas, redes clientelares, colocaciones, intermediarios, rescates bajo sospecha, redes paralelas, asesores infinitos, degradación institucional y una polarización enfermiza. España empieza a sufrir algo todavía más peligroso: la costumbre.
Nos han robado dinero público. Nos han robado confianza institucional. Nos han robado convivencia. Nos han robado credibilidad exterior. Nos han robado el respeto por las reglas. Y, poco a poco, amenazan incluso con robarnos la capacidad de escandalizarnos.
España corre el riesgo de acostumbrarse al hedor igual que uno termina acostumbrándose al agua estancada en una casa abandonada: al principio revuelve el estómago; después simplemente forma parte del ambiente.
Y eso quizá sea lo más devastador de todo.
Ni la corrupción. Ni siquiera las cloacas.
Sino el momento en que el país empieza a asumir que ese hedor ya forma parte natural de la casa.
Por eso, aunque resulte paradójico, hoy muchos ciudadanos no desean un final rápido.
No desean otro cierre en falso. No desean otro sacrificio político exprés para que todo el sistema pueda fingir alivio y pasar página en dos semanas.
No.
Después de tantos años de desgaste institucional, de insulto público, de arrogancia política, de humillación moral y de sospechas acumuladas, empieza a aparecer una sensación distinta: la necesidad de llegar hasta el final.
Hasta el verdadero final.
Porque España ya ha visto demasiadas veces cómo determinadas responsabilidades se diluyen entre relevos rápidos, ruido mediático, pactos de supervivencia, memoria corta y agotamiento ciudadano.
Y empieza a surgir un temor incómodo: que también esta vez alguien consiga escapar políticamente de las consecuencias reales.
Un “sinpa” institucional.
No hablamos necesariamente de una fuga física. Hablamos de algo mucho más frecuente y mucho más corrosivo: un “sinpa” institucional.
Marcharse dejando la factura moral, económica y democrática sobre la mesa mientras los ciudadanos volvamos a pagar la cuenta.
Y precisamente por eso, hoy resuena aquella frase histórica convertida ya en ironía nacional:
“¡Aguanta, Pedro, aguanta!”
Aguanta. Porque España merece conocer la dimensión completa de todo esto.
Aguanta. Porque después de tantos años de desgaste, lo último que necesita esta democracia es otra anestesia colectiva.
Aguanta. Porque quizá por primera vez en mucho tiempo empieza a barruntarse un final.
Ni un final épico. Ni un final heroico. Ni un final limpio.

Pero sí el posible final de una época marcada por el deterioro constante de la confianza pública, por la sensación de impunidad permanente y por una forma de hacer política que mucha gente ya vive como una falta de respeto constante al país y a la inteligencia de quienes todavía lo sostienen.
Y ahora mismo, después de todo lo ocurrido, quizá lo único verdaderamente insoportable sería apartar la mirada justo antes del final.










