«Tiempos oscuros y difíciles nos aguardan. Pronto deberemos elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil.»
– Albus Dumbledore –
Ayer, durante mi paseo matutino, me crucé con un galgo feliz caminando junto a sus amigos y sonreí. Había en aquella escena una armonía limpia, casi reparadora. Una de esas imágenes mínimas que, por un instante, nos reconcilian con el mundo.
Bastó girar la cabeza apenas un metro para que todo se torciera.
Sentada en el suelo, a la puerta de un supermercado, sobre unas telas tan sucias que dolían a la vista, había una adolescente. Me miró a los ojos, me regalo una amable sonrisa y extendió la mano. Y sí, sentí vergüenza. La vergüenza de seguir andando. La vergüenza de saber que uno vive en una sociedad donde escenas así ya apenas interrumpen nada.
Pero sería demasiado cómodo dejarlo ahí o incluso recreándome en la escena, en mi conciencia o en la tuya, en esa culpa rápida del peatón que se incomoda un segundo y sigue su camino. Sería cómodo, y además muy útil para muchos. Porque mientras el ciudadano se examina moralmente a sí mismo, los verdaderos responsables del desorden salen casi limpios de la foto.
La vergüenza individual existe. Claro que existe.
Pero convive con otra más amplia: la vergüenza social de haber normalizado la indignidad. Y con una tercera, todavía más obscena: la de una clase política y dirigente que utiliza tanto al mendigo como al contribuyente como peones de una partida turbia, rentable y miserable.
Esa chica no nació en la puerta de un supermercado. No brotó del suelo. En algún lugar tuvo nombre y apellidos, padres, quizá abuelos, compañeros de colegio, amigos, una historia. Tuvo un lugar en el mundo. Aquí queda reducida a una cifra, a decorado moral, a pieza útil en una maquinaria que mezcla desarraigo, asistencialismo crónico, caridad dispersa y explotación ideológica. Pierde dignidad ella. Y nosotros, al tolerarlo como paisaje, vamos perdiendo la nuestra.
Y mientras tanto, sigue la farsa.
Unos explotan estas escenas para vender compasión sin límites, como si toda objeción fuese crueldad. Otros las usan para rebajar seres humanos a simple munición retórica. Casi nadie hace política en sentido noble. Casi todos hacen negocio moral, electoral o mediático con una degradación que ya forma parte del decorado urbano. Unos agitan la culpa. Otros agitan el miedo. Entre ambos convierten la realidad en un lodazal donde nada se resuelve: solo se administra.
Ese es el verdadero escándalo.
No la moneda que uno da o no da.
No la incomodidad del que pasa.
No la lágrima de ocasión.
Lo indecente de verdad es haber aceptado como modelo una sociedad que ni integra, ni ordena, ni dignifica, ni protege, pero sí recauda, predica, improvisa y se justifica sin descanso. Un sistema que exprime al que paga, abandona al que cae y luego enfrenta a unos con otros mientras los gestores del caos siguen instalados en su confort.
No neguemos nuestras incoherencias. También cuentan. También duelen.
Pero no confundamos el plano. La conciencia individual puede ser una alarma útil; lo que no puede convertirse es en coartada para absolver a quienes han hecho del desorden una forma de gobierno y de la decadencia una rutina administrada.
Va siendo hora de salir del barrizal de consignas, sentimentalismo prefabricado y bronca de corral entre políticos y propagandistas. Va siendo hora de volver a hablar de política en serio: orden, límites, dignidad, responsabilidad, integración real, prioridades claras y respeto tanto por quien llega como por quien sostiene.
Sí, sentí vergüenza. Y no voy a esconderla. Pero tampoco pienso dejar que me la administren desde arriba como penitencia útil. Prefiero usarla como bisturí. Porque mientras sigamos mirando estas escenas solo desde la lágrima, la culpa o el eslogan, seguirá sin pasar nada. Y eso, precisamente eso, es lo imperdonable.
“Cuando la miseria ajena se convierte en herramienta política y la culpa propia en coartada moral, ya no hay solidaridad: hay decadencia.”
Jose Navarro











