“Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina. Es mortal”, escribió Paulo Coelho. Últimamente, esa palabra —rutina— me produce rechazo. El médico José Ingenieros la definía como “el hábito de renunciar a pensar”. Quizá tenía razón.
Hace poco aprendí que el tiempo no es igual para todos. En Occidente lo concebimos como una línea recta: pasado, presente y futuro. Todo ordenado, medido, y siempre en movimiento. Valoramos la puntualidad, la eficiencia y el rendimiento. Dicen que el tiempo es oro. Pero también puede ser una cárcel. “Si el ocio no produce, se desprecia”. Si no haces algo “útil”, parece que estás perdiendo el tiempo.
En Oriente, en cambio, el tiempo funciona como un ciclo. No hay prisa, porque todo llega cuando debe llegar. La espera no es pérdida: es presencia. En Japón, por ejemplo, la puntualidad es sagrada, pero también lo es la pausa. En su cultura existe el concepto de ma: el valor del espacio entre las cosas, del silencio que permite respirar.
“Uno mide el tiempo, y el otro lo habita”
Imaginemos que todos los relojes del mundo se rompieran. ¿Estaríamos en el País de las Maravillas? ¿En la isla de los niños perdidos de Peter Pan? ¿O en el desierto del Principito, donde solo importa cuidar una rosa? Quizá descubriríamos que la vida no se cuenta en horas, sino en momentos que realmente vivimos.
Nos obsesiona ser útiles, tener un propósito, un título, un cargo. Cuántas veces definimos a alguien por lo que hace y no por lo que piensa. En Occidente, el valor de una persona suele medirse por cuánto gana o cuánto produce. Y olvidamos que, a veces, lo que más vale no
genera nada.
En la educación ocurre lo mismo. Los teóricos siguen citando la ley de Pareto —ese 20% de esfuerzo que genera el 80% de los resultados—, pero las aulas continúan llenas de tareas repetitivas. Se nos enseña a memorizar más que a pensar, a correr más que a comprender.
Los colegios se parecen a guarderías donde el tiempo se gasta, no se aprovecha. Decimos a los jóvenes “aguanta y saldrás adelante”, como si la resistencia fuera sinónimo de éxito. Pero, ¿cuánto del tiempo que pasamos en clase o en el trabajo es realmente valioso? ¿Cuánto podría simplificarse si enseñáramos con curiosidad, con libros que despierten ganas y no solo acrediten horas?
Romper el reloj no significa dejar de hacer cosas. Significa dejar de medirlo todo. Porque al final del día, no nos sostienen las horas que pasamos cumpliendo, sino las frases, las ideas y los instantes que nos hacen cambiar.











