Muchos escritores fueron adictos a la bebida. Pensamos que así liberan su pensamiento creativo. Ron, coñac, whisky… Se sabe que a Truman Capote le fascinaban los gin martinis, como a la dramaturga Dorothy Parker. Y que Ernest Hemingway —ese pedante genio norteamericano— encontraba en los daiquiris y el ron cubano su combustible. Huían y perseguían sus propios fantasmas al mismo tiempo.
“¿Sobre qué puedo escribir?”, le pregunté una vez a mi amiga.
“Escribe tu opinión sobre el alcohol”, me dijo.
‘El alcohol mola, ¿no?’
Pero ¿por qué empezamos a beber? ¿De verdad nos gusta? Puede que al principio no. La primera calada de tabaco nunca sabe igual que las demás. Tal vez no sean las películas, ni nuestros padres, ni siquiera el mundo que nos rodea. Tal vez sean los amigos por los que uno lucha por encajar, por ganarse su aprobación, porque está guay, ¿verdad? Gente que confunde la osadía con el valor, y la imprudencia con la libertad.
Hay algo tóxico en nosotros, una chispa en la cabeza que disfruta desafiando los límites. Quizá funcione igual que el salseo de clase, esa necesidad de comentar, de mirar sin mirar. Y quién no disfruta de la prensa rosa: los chismes y los prejuicios son sus mejores armas.
El otro día me senté en la cama de mi madre para compartir un rato con ella. Tras un largo día de trabajo, solo quería algo ligero, entretenimiento vacío, algo que no hiciera pensar. Así que vimos Supervivientes: unas cuantas personas famosas, en una isla, compitiendo por comida. Me quedé helada cuando propusieron afeitarse la cabeza a una concursante a cambio de permitirle ver a sus hijos por videollamada. No era justo, ¿verdad? Hasta resultaba cruel. Admiré su respuesta cuando se negó: “No voy a generar un trauma a mis hijos”.
¿Eso es diversión? Somos tan extraños. El ser humano es un ser muy extraño. Salimos de fiesta a los lugares más llenos y ruidosos convencidos de que será una gran noche. Pero siempre olvidamos la resaca del día siguiente.
Quizá lo “guay” sea, en realidad, todo aquello que nos aleja de lo que somos. Las cosas que creemos que nos hacen libres, pero que solo nos distraen del vacío. Tal vez lo verdaderamente valiente no sea desafiar los límites, sino aprender a estar bien sin tener que romperlos.











