Estos días la Comunidad Valenciana ha vuelto a mirar el cielo con preocupación. Once meses después de la DANA, ocurrida el 29 de octubre de 2024, Valencia ha afrontado esta semana un nuevo episodio de lluvias torrenciales que ha puesto en alerta roja a gran parte del territorio. Recombinaciones atmosféricas ligadas al ex-huracán Gabrielle, ahora convertido en borrasca extratropical, han sido las responsables de este nuevo episodio de fuertes precipitaciones. Aunque este temporal no ha alcanzado la magnitud de la tragedia anterior, sí ha vuelto a evidenciar la vulnerabilidad del litoral mediterráneo.
No hace falta recordar que, el 29 de octubre de 2024, la Comunidad Valenciana vivió uno de sus momentos más críticos. Víctimas mortales, miles de evacuados, daños millonarios, pérdida de cultivos, infraestructuras colapsadas… Los registros pluviométricos superaron los 700 litros por metro cuadrado en algunos puntos, desbordando cauces, ríos y barrancos que inundaron municipios enteros en las provincias de Valencia y Castellón.
Dos impactos muy distintos
El nuevo temporal registrado antes de ayer, si bien de menor alcance, se comportó con la violencia característica de las lluvias otoñales en el Mediterráneo. Los pluviómetros marcaron cifras que hablan por sí solas: en Gandía (la Safor) se alcanzaron los 356,8 litros por metro cuadrado en solo doce horas; en Cullera se superaron los 250 litros; y en zonas del interior de Castellón se midieron más de 150 litros. La AEMET había advertido con antelación del riesgo de precipitaciones torrenciales, con acumulados previstos de hasta 180 litros en apenas medio día, y activó de inmediato la máxima alerta. Las imágenes de calles convertidas en ríos, coches atrapados y vecinos achicando agua en garajes y bajos volvieron a recorrer los informativos, avivando la memoria de aquel octubre fatídico. La gran diferencia respecto al año pasado estuvo en la duración del episodio y, sobre todo, en la gestión de la emergencia.
Mientras que en 2024 hubo críticas a la lentitud en la comunicación de alertas y a la falta de protocolos de emergencias, en 2025 se activaron con rapidez los avisos rojos de AEMET, se suspendieron clases de forma preventiva y se reforzaron los operativos de emergencias. Además, la población recibió avisos a través del sistema Es-Alert, que permitió difundir mensajes de precaución directamente en los teléfonos móviles. Por su parte, Protección Civil reforzó su despliegue en los municipios más vulnerables y, a diferencia de lo ocurrido en 2024, la comunicación institucional fue constante y unificada.
Sí se registraron daños materiales, cortes de carreteras, interrupciones en el suministro eléctrico y problemas en la movilidad, especialmente en comarcas como la Safor o la Ribera, pero el balance humano estuvo lejos de la tragedia de hace once meses.
Riesgos persistentes que no desaparecen
No obstante, el temporal de Gabrielle ha vuelto a recordar que el riesgo sigue ahí. Las lluvias torrenciales han evidenciado la fragilidad de los sistemas de drenaje en numerosos municipios, donde las alcantarillas colapsaron en cuestión de minutos. En Aldaia, por ejemplo, el barranco de la Saleta se desbordó, inundando calles y obligando a cortar varias vías. En la Safor, los vecinos volvieron a denunciar la falta de limpieza en los cauces, lo que agrava los desbordamientos. Y en localidades del interior, como Suera, las precipitaciones dejaron más de 150 litros en pocas horas, con efectos inmediatos en cultivos y carreteras secundarias.
El contraste entre la tragedia de 2024 y el temporal de este septiembre pone en evidencia que las lecciones, al menos en parte, se han aprendido. La rapidez en activar las alertas, la suspensión preventiva de actividades y la mayor sensibilidad social han permitido contener las consecuencias. Sin embargo, la reiteración de imágenes de calles anegadas y vecinos sacando agua de sus casas recuerda que el problema de fondo persiste y que la Comunitat Valenciana continúa siendo altamente vulnerable. Los resultados evidencian que con una mejor preparación es posible reducir drásticamente las consecuencias humanas, aunque los daños materiales sigan siendo inevitables.





















