En un mundo marcado por la globalización, la digitalización, la creciente desafección política y la utopía, surge una pregunta inevitable: ¿qué hace válido a un líder para gobernar? ¿Es la fuerza de su partido, la imagen que proyecta, los valores que defiende, o una mezcla de todo ello? ¿O tal vez ninguno de estos factores son suficientes para otorgarle legitimidad?
Marx identificó tres formas de legitimidad en torno al poder: la carismática, que brota de una personalidad especial; la tradicional, que se sostiene en la continuidad de un liderazgo previo; y la racional, que surge de la aplicación de normas y procedimientos considerados correctos y eficientes en las distintas esferas sociales.
Con el triunfo de las democracias liberales y su consolidación definitiva tras la Guerra Fría (1945-1991), el liderazgo carismático, que caracterizó a figuras históricas como Hitler, Mussolini, Franco, Churchill o Stalin, dio paso a un predominio del líder racional, aquel que opera a través de métodos probados y estructuras predecibles, dejando a un lado la irrupción de personalidades excepcionales.
Pero, ¿significa esto que el liderazgo carismático ha desaparecido? Además de otros países como El Salvador o Argentina, la respuesta parece evidente en Estados Unidos, donde hoy resurge con fuerza detrás del nombre de Donald John Trump.
Son muchas las preguntas que surgen frente al regreso de este nombre al poder, pero ninguna tan intrigante como la que se hace casi cualquier observador crítico: ¿cómo pudo Estados Unidos reelegir a Trump pese a episodios tan polémicos como el asalto al Capitolio, su negacionismo sobre las elecciones de 2020 o las innumerables declaraciones despectivas hacia las mujeres o inmigrantes?
La pregunta persiste, y quizá la respuesta revele algo más profundo sobre el cambio que experimentan las sociedades occidentales en su percepción en torno al curso de la política.
Al fin y al cabo, Estados Unidos traza, en gran medida, la ruta que seguirán el resto de potencias occidentales. Por ello, como europeos- o más ampliamente, como ciudadanos del mundo-, no nos queda otra opción que cuestionarnos y reflexionar sobre esta nueva realidad que se cierne desde el otro lado del Atlántico.
A mi juicio, el triunfo de Donald Trump se asienta sobre dos pilares esenciales. En primer lugar, no se trata tanto de un éxito republicano en sí, sino del reflejo del fracaso del adversario, los demócratas. En una sociedad adormecida y polarizada, el cansancio y el odio se transforman en un catalizador imparable; un impulso que moviliza más que cualquier programa político -esas promesas que ya pocos leen-. Este fenómeno no es exclusivo de EE.UU.; lo observamos también en países donde la política radicalizada y antagónica al gobierno previo deja su huella, a veces incluso obteniendo la victoria.
En segundo lugar, es el carisma del cuadragésimo quinto presidente lo que le permite sonreír con complicidad ante su propio retrato mientras recibe a los principales líderes europeos, convertidos en actores invitados de su show personal.
Si bien podemos cuestionar decenas de sus decisiones, es innegable la autenticidad y presencia del presidente. Aquí, el carisma no solo forja al líder, sino que moldea la manera misma de ejercer el poder: legitima abusos sobre derechos fundamentales y redefine el rumbo del escenario internacional según su criterio.
En este caso, la política carismática de Trump trasciende el ámbito doméstico. Su estrategia global refleja un intento evidente de reconfigurar el orden mundial bajo sus propias reglas, siempre filtrado por la espectacularidad que lo caracteriza. Desafía a las instituciones internacionales, proyecta el poder de Estados Unidos a través de su propia personalidad y tensiona alianzas que no solo han sustentado durante décadas el orden global, sino que también permitieron en algún momento a su país consolidarse como la mayor potencia mundial.
No hay ejemplo más claro de la legitimación subjetiva de Trump que los eventos recientes: burlas de patio de colegio a Zelensky mientras Putin caminaba por la alfombra roja; grandilocuentes promesas de paz en Medio Oriente que terminaron en el bombardeo de Al Udeid en Catar; y ese “control inmediato” del conflicto Israel-Palestina que anunció a comienzos de año, y que sigue acumulando decenas de víctimas diarias.
En definitiva, la diplomacia trumpiana brilla sobre el papel pero no sobre el terreno.
Pero, ¿por qué tantos ciudadanos se sienten atraídos por la política del narcisismo en lugar de la política tradicional? Tal vez estos fenómenos sean el reflejo de un sistema agotado, una estructura que ya no inspira confianza ni vislumbra futuro, y que deja paso a un escenario dominado por la personalidad, la polémica y el ego.
Casi sin conciencia, estamos moldeando una política cultural que gira en torno a ficciones útiles y metáforas movilizadoras. Una sociedad que parece ignorante y que privilegia el escándalo sobre la estabilidad, en realidad revela un deseo profundo, casi inconsciente, de trastocar el orden establecido, como si el caos fuera la única antesala posible para imaginar y forjar un futuro distinto.











