El otro día fue el aniversario del fallecimiento de mi abuelo, Pedrín.
Repasando algunas de las vivencias que recuerdo con él, me ha venido a la memoria una simpática y un poco picante anécdota que nos solía contar a mi hermano y a mí. Era lo que él llamaba el “baile del candil”, una especie de fiesta “after” manchega de hace 90 años.
Corrían los terribles años 30 y España se desangraba en una encarnizada guerra fraticida. Al estallar el conflicto, nuestro pueblo, Corral de Almaguer, quedó en territorio republicano, de modo que fue refugio de numerosas mujeres y niños que huían de las zonas calientes del conflicto hacia la seguridad de la retaguardia; “las desplazadas”, las llamaban. A menudo mujeres jóvenes y en su mayoría huérfanas o viudas, ya que sus padres, hermanos o maridos se habían tenido que ir a combatir al frente.
Según nos contaba mi abuelo, y tratando de aliviar en lo posible la crudeza de la guerra, se solían celebrar unos bailes clandestinos a los que llamaban “baile del candil”. Eran fiestas improvisadas que se celebraban en corrales o en casas, por las noches, sin convocatoria pública y que se organizaban en el más absoluto secretismo, con el fin de evitar a las autoridades; en especial, al cura del pueblo, muy dado a meter las narices en los asuntos mundanos de la gente y, en ocasiones, a levantarse la sotana más de la cuenta.
Dada la precariedad de la situación y de los medios, la música corría a cargo de algún paisano con una bandurria que canturreaba jotas o fandangos con letras prohibidas y bajo la única iluminación de un candil de petróleo; de ahí el nombre.
La cosa es que, habiendo tantas mujeres solteras aburridas por el pueblo (las desplazadas) no era nada extraño que se dejaran caer por aquellas fiestas, amparadas en el anonimato al no ser del lugar, por lo que eran menos cuidadosas con su reputación y no tan temerosas del ambiente corrosivo y santurrón de la época, ni de las habladurías o acusaciones de frescas o desvergonzadas.
Y claro, esto era un hermoso jardín perfectamente abonado para que los mozos y solteros del pueblo (algunos no tan mozos ni tan solteros) se escaparan a participar en aquellos bailes del candil, a ver qué se cocía…
Mi abuelo Pedrín, que entonces era un fornido mozo que debía contar con unos 15 o 16 años y pletórico de hormonas adolescentes, no era la excepción y, siempre que podía, se escapaba por las noches con uno o dos colegas (cuyos nombres nunca desveló) en busca del guateque prohibido…
“Lo que pasaba en el baile del candil, se quedaba en el baile del candil…” nos solía decir, a su manera, dándonos a entender que se hacía algo más que bailar, echar chatos de vino o anisete, y que allí se tocaban otras cosas además de la bandurria… Y ¿quién podía juzgarles?, era la manera en la que la gente en aquel tiempo se desinhibía de la terrible realidad que les tocó vivir…
Quizás, por eso el cura estaba tan interesado en averiguar dónde se celebraban los misteriosos bailes del pecado y se dedicaba a presionar a las chismosas del pueblo en el confesionario, a ver si se enteraba de algo… aunque sospecho que no con castas intenciones…
Recuerdo que mi abuelo solía contarnos estas cosas en secreto, a escuchitas y con susurros cómplices por debajo de su bigote mientras se liaba un cigarrete. Pero, sobre todo, a espaldas de mi abuela, porque aunque en aquel tiempo aún no se habían ennoviado, no debía ser plato de buen gusto para ella escuchar aquellas historias que, por otro lado, también conocía perfectamente; no por participar en aquellos guateques clandestinos, sino porque al final era un secreto a voces en el pueblo.
Mi hermano y yo le decíamos que eso que nos contaba eran una versión primitiva de lo que hoy son las “fiestas rave”, a lo que nos contestaba con una sonrisa socarrona algo así como “no hay nada nuevo bajo el Sol…”. Y nos confesaba que, a su vez, sus abuelos ya le contaban historias parecidas durante las guerras carlistas que acontecieron a mediados del siglo XIX.
Y es que ya se sabe, nuevos tiempos, nuevos candiles, pero la misma esencia… Y, ahora que lo pienso, “El baile del candil” sería un bonito nombre para bautizar un local, o una verbena en mi pueblo… ahí lo dejo.
Cosas de las que se acuerda uno…












