Pedro Agustín Llinares Arenas: «Un burro en el establo»
Érase una vez un establo grande y hermoso lleno de caballos orgullosos. Tenían crines brillantes, cuerpos elegantes y un relincho claro y melodioso: «¡Híiiiiiiiii, híiiiiiiiii!». Era una sinfonía que padres con alegría. El relincho, su voz natural, fluía como un río cristalino entre ellos.
Un día, un burro viejo y terco se coló en el establo.
Sin pedir permiso, empezó a rebuznar con su voz ronca y estridente: «¡Hi-aaa, hi-aaa!». Los caballos lo miraron con desdén. Sus relinchos eran más finos, más armoniosos, y no entendían por qué aquel burro insistía en hacer tanto ruido. «Es solo un sonido forastero», pensaron, «ya se cansará». Pero el burro no se cansaba. Día tras día, seguía con su «¡Hi-aaa, hi-aaa!», como si quisiera imponer su canto tosco sobre los relinchos del establo.
Pasó una semana, y algo extraño ocurrió.
Uno de los potrillos, curioso y joven, intentó imitar al burro. Soltó un tímido «hi-aaa» en lugar de su relincho habitual. Los caballos mayores no le dieron importancia; «Cosas de potrillos», dijeron. Pero al poco tiempo, otro potrillo lo imitó, luego otro, y en menos de un mes, el establo estaba lleno de pequeños «¡Hi-aaa, hi-aaa!» en lugar de los orgullosos «¡Híiiiiiiiii!». El burro, satisfecho, rebuznaba más fuerte, pavoneándose como si hubiera ganado una batalla.
Los caballos, alarmados, se reunieron. «¡Esto no puede seguir así!», exclamó el semental más viejo.
«Nuestros hijos están olvidando su relincho, nuestra voz, por culpa de ese burro impertinente». Decidieron actuar. Al unísono, levantaron sus cabezas y dejaron salir un relincho poderoso: «¡Híiiiiiiiii, híiiiiiiiii, híiiiiiiiii!». El sonido llenó el establo, resonando en cada rincón, recordando a todos quiénes eran.
El burro, sorprendido, retrocedió. Los relinchos no paraban.
Primero un potrillo levantó la voz con un «¡Híiiiiiiiii!», luego otro lo siguió, y pronto todos los pequeños volvieron a relinchar al unísono como sus padres: «¡Híiiiiiiiii, híiiiiiiiii!». El establo vibraba con la fuerza de su voz recuperada. El burro, acorralado y sin espacio para sus rebuznos, recibió una coz firme de uno de los caballos y salió huyendo, con el rabo entre las patas.
Moraleja: No permitas que, por mucho que rebuzne una voz extraña, tus hijos olviden el relincho que les pertenece. La fuerza de lo propio siempre prevalece cuando se defiende con orgullo.
- Pedro Agustín Llinares Arenas. Héroes de Cavite Alicante











