– La ópera francesa no suscita un especial atractivo entre el público valenciano.
No es ni Mozart ni ópera italiana. Por esa razón, parte del patio de butacas estaba vacío. Es una pena, porque la Manon que se está representando en el Palau de Les Arts, -una producción de la Ópera Nacional de París-, es, sencillamente, una maravilla, una delicatessen, un selecto manjar.
El compositor francés Massenet es fino, delicado, exquisito.
En muy contadas ocasiones escribe melodías inolvidables, como sí lo hacen los italianos; sin embargo, el drama tiene una gran fuerza interior que arrastra al espectador, un mérito que comparte ex aequo con los libretistas, quienes resuelven finales parciales en los tres últimos actos. Su paleta tímbrica no descuella por su extraordinaria variedad (entre las pocas novedades, el uso del látigo); pero la orquesta apoya eficazmente la trama, reservando los floreos y golpes secos del timbal, apoyados por los metales, para los momentos más trágicos, con la colaboración del flautín y las cuerdas. Escasos son los momentos estelares para los instrumentos de viento madera y el arpa.
La puesta en escena puede calificarse de lujosa.
Las arquitecturas escénicas, muy monumentales, usaron los dibujos acristalados del pavés como motivo recurrente, junto a un mobiliario muy apropiado, ubicado en la Belle Époque parisina. Los vestuarios, lindos, con cálidos colores. El leoncito de peluche estaba de más; pero aportó la nota graciosa, y, por otro lado, el peluche se popularizó hacia 1880, de manera que no desentonó históricamente. La iluminación, correcta, panorámica, en sintonía con la puesta en escena historicista finisecular. El cuerpo de baile danzó con muy buen gusto. Tanto la manera de moverse como la canción alóctona, previa al Acto II, recordaron a la bailarina y actriz francesa Joséphine Baker, quien vivió aquellos tiempos de la Belle Époque.
Maravilloso el elenco de cantantes.
La soprano lírico-ligera Lisette Oropesa es toda una diva, un verdadero monstruo en la escena. La cubana lo hizo todo bien: espectaculares coloraturas en el más puro estilo belcantista que hicieron levantar al público, una expresividad por doquier en los recitados y las escenas de conjunto, arias verdaderamente emocionantes, con un pasaje de la voz sin brusquedad ninguna y un manejo de las increíble de las medias tintas. Su partenaire, el tenor norteamericano Charles Castronovo es un cantante muy bueno. En rigor, su voz no es la del spinto puro, pues le falta un poquito de ataque carnoso; pero posee una calidez expresiva y una homogeneidad en todo su registro verdaderamente envidiable. Su recreación del caballero Des Grieux, un auténtico papelón.
Su compatriota, el bajo James Creswell, sólido y rocoso. El barítono español Carles Pachón explotó sus gamas graves de manera muy convincente, dibujando muy bien el papel de Lescaut, el primo de Manon. La verdad es que a este barcelonés le espera una fructífera carrera. Excelente actuación del tenor asturiano Jorge Rodríguez-Norton, así como de los cantantes que completaron el elenco.
La Orquestra de la Comunitat Valenciana, así como el Cor de la Generalitat Valenciana, sobresalientes. La batuta de James Gaffigan, con una musicalidad envidiable.








