Las personas que se ven afectadas presentan hasta dos veces más un malestar grave a nivel psicológico

Una tercera parte de los encuestados considera que su actual alojamiento es temporal

La inestabilidad y la precariedad en la vivienda influyen en la calidad de vida en cuatro de cada diez personas, una situación que les lleva a sufrir hasta diez veces más problemas de salud, según se desprende del informe «Cuando la casa nos enferma II. Impactos en el bienestar social y emocional«.

Realizado por la asociación Provivienda en colaboración con la Universidad Complutense de Madrid y financiado por el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar social, este segundo informe sigue a «Cuando la casa nos enferma», presentado el año pasado y que ya alertaba de que más de dos millones de familias en España residían en inmuebles con goteras o humedales en las paredes y techos.

En el documento se analiza cómo la crisis de asequibilidad de vivienda y exclusión residencial en los hogares españoles inciden y generan un malestar psicológico en los ciudadanos en situación de vulnerabilidad.

Así mismo, esta situación de exclusión empeora cuando se trata de personas que concentran un mayor número de factores de riesgo como ser mujer, tener algún tipo de discapacidad, vivir en soledad o no ser parte de una familia monoparental.

Por ello, plantea una serie de recomendaciones para que las políticas de vivienda se basen en la «equidad» y traten a cada persona según sus necesidades, y recuerda que el Plan Estatal de Vivienda 2018-2021 «es una oportunidad para ello».

Entre esas medidas destacan la eliminación de barreras físicas o la rehabilitación energética de los inmuebles, incluir a las familias monomarentales como población prioritaria en el acceso a determinadas ayudas y bonos, así como que la perspectiva de género sea transversal.

En concreto, el estudio indica que el 12,4 % de las personas con problemas de vivienda perciben su salud como «mala» o «muy mala», frente al 1,1 % de la población en general, es decir, diez veces más.

Se duplica el malestar psicológico

En cuanto al impacto en el bienestar social y emocional, el informe destaca que el malestar psicológico grave duplica su presencia entre la población con problemas de vivienda (38,4%) respecto al conjunto de la sociedad (19,9%).

«A medida que aumenta la vulnerabilidad residencial aumenta también el malestar psicológico y lo hace aún más en las personas con mayor vulnerabilidad», declara Thomas Ubrich, uno de los investigadores del estudio,

La investigación -basada en más de 1.200 encuestas y en 56 entrevistas a expertos y participantes en los proyectos de Provivienda- sostiene que una cuarta parte de los hogares vulnerables con personas con discapacidad manifiesta que su situación residencial influye mucho en su calidad de vida y su salud.

El 29,4 % de este colectivo declara que en su caso existe relación entre los problemas de vivienda y su malestar emocional, frente al 14,4 % de la población general.

Ubrich ha señalado que muchas personas vulnerables con discapacidad residen en viviendas con una mala accesibilidad, con barreras arquitectónicas y, en la mayor parte de los casos, sin ascensor.

Soledad, pobreza energética y problemas económicos

En cuanto a las familias monomarentales, el investigador ha señalado que la mayor incidencia de esas viviendas inadecuadas se traduce en alteraciones del sueño, sentimiento de agobio o de tensión con mucha más frecuencia, incapacidad de disfrutar de las actividades normales de cada día, entre otras.

El 23,2 % de estas familias se ha quedado sin suministros de luz y gas en la vivienda en el último año, lo que conlleva que el 22,4 % de esos hogares no puedan mantener la vivienda a una temperatura adecuada en invierno, más de diez puntos porcentuales por encima del resto de hogares vulnerables, detalla el informe.

La pobreza energética también afecta a los hogares unipersonales: el 16 % de las personas que viven solas se han quedado sin suministros en los últimos doce meses.

Ubrich ha incidido en que las mujeres presentan situaciones de soledad no deseada dos veces más que los hombres, un 21,7 % frente a un 11,6%, y ha remarcado que las personas solas, a menudo de edad avanzada, son especialmente vulnerables ante la ansiedad, el estrés y otras patologías.

«La posibilidad de tener que afrontar el impago de una hipoteca o de la renta de alquiler se vuelve mucho más preocupante cuando se trata de personas solas que no tienen una red social, familiar o comunitaria en la que poder apoyarse», ha añadido.

Para el investigador, el tipo de convivencia o de hogar en el que viven las personas «no debería ser un condicionante» para tener una «vida y vivienda dignidad», sino que el propio parque de vivienda debería permitir acceder a una casa «asequible, digna y adecuada».

«Necesitamos políticas de vivienda inclusivas que den respuesta a estas situaciones y que protejan la salud de las personas», ha apelado Ubrich.